Ayer me descubrí orgulloso
Ayer me descubrí —todavía más— orgulloso de tenerte. Despertamos solos en casa, en ese silencio melancólico de cuando mamá no está. Nos quedamos un rato en la cama, jugando a abrazarnos y reconocernos las caras . Pero había algo pendiente, algo que habíamos postergado demasiadas veces: tus vacunas del mes. Nos alistamos juntos al mediodía. Yo con una camisa larga para el sol, tú con ese sombrerito rosado que hace juego con tus calcetas de conejo y su pequeño cascabel. Te tomé en brazos y caminamos dos cuadras bajo el sol de noviembre, que en esta ciudad todavía cae con una fuerza inusual. Al llegar al hospital nos topamos con el barullo de un centenar de voces, niños inquietos, órdenes y súplicas cansadas. Dudé un momento. Sabía que pronto te daría sueño, que con el fastidio te vuelves áspera e impaciente. Pero era el momento perfecto que habíamos rehuido demasiadas veces, así que decidí sacrificarnos juntos. ...