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Mostrando entradas de febrero, 2026

Empieza contigo

  Solíamos pensar que lo sabíamos todo, que bastaba con estar, con murmurarnos frases incompletas en la penumbra, metidos en un cuarto tan pequeño que solo cabíamos tu madre y yo y esa forma tan propia de entendernos sin testigos. Éramos tiranía, éramos anarquía, donde los caprichos asumían el poder y un par de enamorados seguían a tientas por un camino estrecho de gustos ensimismados y un placer melifluo al que llamábamos destino. Y entonces llegaste tú. No como una interrupción, sino como una revelación. Como si el amor, aquel que creíamos consumado, retornara a las raíces mismas del lenguaje como una burda palabra desgastada por la usanza. Entonces el centro ya no éramos nosotros y amar significaba soltarnos de la mano para abrazarte a nuestro pecho como si la vida misma dependiera de ello. No la mía, la de tu madre o siquiera la tuya: La vida. Esa que ahora susurra un conjuro que nadie entiende pero al que todos ceden desde tu cuna rosada. Parece imposible que haya ha...

Emma y el lenguaje secreto

  Cada noche, Emma se acurrucaba en su cuna con ganas de imaginar un poco antes de dormir. Se quedaba largos minutos con los ojos dispuestos al asombro y en la boca un soliloquio lleno de emociones cansadas. Hablaba sin parar, no a sus padres, ni a sus juguetes, ni siquiera a la noche; hablaba con el aire, en una lengua que no pertenecía a ningún mapa. Sus palabras se elevaban como fuegos artificiales: algunas estallaban en risas, otras caían hondas, pensativas, como si la niña meditara misterios que no lograba solucionar. El monitor en el cuarto de los padres reproducía aquel murmullo en ocasiones durante horas. Ellos escuchaban con una ternura ingenua, convencidos de que así crece el lenguaje: balbuceando fugacidades. Emma, que aún no cumplía dos años, corría por la casa como un pequeño vendaval, inventando reglas, afinando caprichos, conquistando el mundo paso a paso. Hasta que una noche el silencio ya no fue silencio. Entre frase y frase apareció otro susurro —apenas un h...

Ayer descubrí mi frase favorita

  Ayer descubrí mi frase favorita. La casa descansaba en una especie de quietud manchada de murmullos: Las voces discordes de la televisión, el frío zumbido de la computadora, el diminuto golpeteo de la actividad en tu área de juegos. Yo estaba concentrado –y a la vez tan distraído- en unos cuantos pendientes del trabajo.   Tú ibas y venías por el cuarto sin cansancio alguno. Trepabas sillones, cocinabas banquetes imaginarios y de vez en cuando aparecías con algún objeto prohibido escondido en las manos, celebrando en secreto esa pequeña victoria contra la vigilancia de los adultos.   Entonces corriste hacia otra habitación. Te refugiaste en tu corral colmado de juguetes, ese pequeño universo donde ensayas la vida sin saberlo. Y no tardó en escucharse el golpe plástico contra el suelo.   Sabía que era tu pelota. Esa enorme esfera rosada que se rehúsa a obedecer tus planes con su rebote impredecible. Imaginé la escena sin verla: tú levantándola con un esfuerzo d...