Empieza contigo
Solíamos pensar que lo sabíamos todo, que bastaba con estar, con murmurarnos frases incompletas en la penumbra, metidos en un cuarto tan pequeño que solo cabíamos tu madre y yo y esa forma tan propia de entendernos sin testigos. Éramos tiranía, éramos anarquía, donde los caprichos asumían el poder y un par de enamorados seguían a tientas por un camino estrecho de gustos ensimismados y un placer melifluo al que llamábamos destino. Y entonces llegaste tú. No como una interrupción, sino como una revelación. Como si el amor, aquel que creíamos consumado, retornara a las raíces mismas del lenguaje como una burda palabra desgastada por la usanza. Entonces el centro ya no éramos nosotros y amar significaba soltarnos de la mano para abrazarte a nuestro pecho como si la vida misma dependiera de ello. No la mía, la de tu madre o siquiera la tuya: La vida. Esa que ahora susurra un conjuro que nadie entiende pero al que todos ceden desde tu cuna rosada. Parece imposible que haya ha...