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Mostrando entradas de agosto, 2025

¡Ay, ño!

  Había una vez una niña de mejillas redondas y sonrosadas, con ojos tan grandes que parecían contener secretos de reina antigua. Se llamaba Emma, y aunque apenas comenzaba a pronunciar sus primeras palabras, ya guardaba entre labios un poder secreto: una diminuta frase que la convertía, sin remedio, en dueña del mundo. Dicha frase era: “Ay, ño.” Con ella podía torcer el destino de los días, mover a su antojo a padres, tíos, abuelos y hasta al doctor que la cuidaba con paciencia. Bastaba que Emma arrugara la frente, cruzara los bracitos y soltara su conjuro: —Ay, ño. Si su mamá le acercaba la cuchara llena de verduras verdes como prados lluviosos, Emma fruncía la boca y dictaba sentencia: —Ay, ño. Si el abuelo la invitaba a pasear en brazos por el jardín, donde revoloteaban mariposas amarillas y el aire olía a bugambilias recién abiertas, ella negaba con solemnidad de emperatriz: —Ay, ño. Y cuando el doctor la pesaba, le medía la temperatura o le pegaba en la frente u...

Hoy te vi caminar hacia atrás

  Hoy te vi caminar hacia atrás. Estábamos solos en la cocina y yo trataba de alimentarte con un trozo de tu fruta favorita en la mano, cuando me viste a los ojos con una idea revolucionaria en mente. Volteaste hacia el suelo helado y de pronto tus calcetines de colores se deslizaron sobre el piso como si dibujaras un camino secreto en reversa. Las puntas de tus pies apenas tocaban el suelo antes de impulsarte hacia atrás con una delicadeza que parecía aprendida de nadie. Sentí que estabas midiendo el aire, tanteando un equilibrio que no era el de siempre, como si el mundo hubiera girado un poco y tu cuerpo tuviera que inventar nuevas reglas para habitarlo. No lo pensé hasta que ya habías dado el primer paso: caminar hacia atrás no es lo mismo que aprender a caminar hacia adelante. Ese triunfo tuyo de hace unos meses, torpe, tambaleante, pero glorioso, hoy se volvía un nuevo misterio que tus pies querían descifrar. Era otro idioma del cuerpo, uno que exigía otras respuestas, ot...

Emma y la palabra mágica

       Había una vez una pequeñita de mejillas sonrosadas y mirada curiosa llamada Emma que tenía apenas año y medio, pero ya parecía querer descubrir todos los secretos del mundo. Un día, mientras jugaba en la alfombra con sus bloques de colores, su mamá se inclinó hacia ella, le acarició el cabello ensortijado, le dio un trocito de sandía, su fruta favorita, y le dijo con voz dulce: —¿Cómo se dice, mi amor? Se dice: Gra-cias. Un día verás que decir gracias es mágico, mi amor, y que siempre te abre muchas puertas. Papá, que lo veía todo desde la cocina, asintió conmovido, como si al igual que la niña escuchara una gran revelación. Pasó el tiempo y Emma seguía aprendiendo nuevas palabras, aunque ninguna tan especial como la que sus padres querían enseñarle. Cada vez que le daban su biberón, le alcanzaban su osito de peluche favorito o le ayudaban a ponerse los zapatos, ellos sonreían y repetían despacio, con perfecta dicción y entonación clara: —Gra-cias. ...

Emma y el temible sacamocos

  Había una vez una bebita llamada Emma que apenas contaba con quince meses de edad. Era no muy alta, pero no muy pequeña, y sus manitas apenas alcanzaban a tocar la coronilla de su cabeza llena de cabellitos finos como hilo de ángel. Sus mejillas redondas y sonrosadas parecían pequeños duraznos maduros y su risa era una melodía clara, como si alguien hiciera tintinear campanitas de cristal en medio de la habitación acolchada, y con solo escucharla, el mundo entero parecía un lugar más dulce y lleno de luz. Emma era sin duda una niña feliz pero un día, sin tocar a la puerta ni anunciar su llegada, la gripe se coló hasta su alcoba. Primero fue un estornudo tímido, luego una nariz húmeda, luego un pequeño hilo pegajoso asomaba traicionero de su nariz, hasta que, en cuestión de horas, Emma se convirtió en un manantial inagotable de mucosidad. Los había de todos colores: verdes, a veces amarillos, a veces simplemente transparentes, pero lo que todos tenían en común era su obstinada i...