¡Ay, ño!
Había una vez una niña de mejillas redondas y sonrosadas, con ojos tan grandes que parecían contener secretos de reina antigua. Se llamaba Emma, y aunque apenas comenzaba a pronunciar sus primeras palabras, ya guardaba entre labios un poder secreto: una diminuta frase que la convertía, sin remedio, en dueña del mundo. Dicha frase era: “Ay, ño.” Con ella podía torcer el destino de los días, mover a su antojo a padres, tíos, abuelos y hasta al doctor que la cuidaba con paciencia. Bastaba que Emma arrugara la frente, cruzara los bracitos y soltara su conjuro: —Ay, ño. Si su mamá le acercaba la cuchara llena de verduras verdes como prados lluviosos, Emma fruncía la boca y dictaba sentencia: —Ay, ño. Si el abuelo la invitaba a pasear en brazos por el jardín, donde revoloteaban mariposas amarillas y el aire olía a bugambilias recién abiertas, ella negaba con solemnidad de emperatriz: —Ay, ño. Y cuando el doctor la pesaba, le medía la temperatura o le pegaba en la frente u...