Hoy te vi caminar hacia atrás

 

Hoy te vi caminar hacia atrás. Estábamos solos en la cocina y yo trataba de alimentarte con un trozo de tu fruta favorita en la mano, cuando me viste a los ojos con una idea revolucionaria en mente. Volteaste hacia el suelo helado y de pronto tus calcetines de colores se deslizaron sobre el piso como si dibujaras un camino secreto en reversa. Las puntas de tus pies apenas tocaban el suelo antes de impulsarte hacia atrás con una delicadeza que parecía aprendida de nadie.

Sentí que estabas midiendo el aire, tanteando un equilibrio que no era el de siempre, como si el mundo hubiera girado un poco y tu cuerpo tuviera que inventar nuevas reglas para habitarlo.

No lo pensé hasta que ya habías dado el primer paso: caminar hacia atrás no es lo mismo que aprender a caminar hacia adelante. Ese triunfo tuyo de hace unos meses, torpe, tambaleante, pero glorioso, hoy se volvía un nuevo misterio que tus pies querían descifrar. Era otro idioma del cuerpo, uno que exigía otras respuestas, otros equilibrios, otra paciencia.

No sé si ya lo habías practicado antes. Solo recuerdo que cuando levanté la mirada ya estabas ahí, de pie, muy seria, con ese silencio tuyo que siempre anuncia algo importante.

Ni siquiera volteabas a verme y yo sabía que si rompía ese trance único, algo se perdería. Había una tensión invisible que mantenía todo unido: tu respiración breve, el roce mínimo de la tela contra el piso, el leve tambaleo de tu torso que corregías sin drama, como si tu cuerpo y tú fueran uno solo pensando la misma cosa.

En tu frente vi el trabajo silencioso de la concentración. No cediste. Cada paso era una pequeña prueba, un ajuste, un cálculo que hacías sin saber lo que lograbas. No había nada que te importara más que llegar hasta donde habías decidido llegar, aunque nadie más pudiera verlo.

Me descubrí conteniendo el aliento para no ser yo quien te distrajera. Quería moverme, pero no podía. Quería llamar a tu madre pero no estaba aquí para abrazarte feliz de verte lograr una nueva hazaña muy propia. Por ahora, esto era solo tuyo y por un privilegio extraño, que no me canso de agradecer, soy tu testigo.

Cuando llegaste al final del tramo que te habías propuesto, apenas giraste la cabeza con esos ojos que parecen guardar un sol pequeño. Había algo en tu mirada, un poco de alegría, un poco de sorpresa y sin duda el orgullo de haberte encargado a solas de un nuevo descubrimiento, de que esa distancia recorrida hacia atrás ya te pertenecía.

Me quedé varado en una idea mucho tiempo después de que volviste a tus juegos, con la comida fría en la mano, sin nada más qué decir. Te sonreí y sentí algo que no sé describir del todo: una certeza breve y luminosa de que estabas creciendo, de que estabas aprendiendo a vivir en todas direcciones y que este instante de reaprender la vida en reversa con calcetines de colores será siempre mío.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Emma y el temible sacamocos

Emma y el imán de los deseos

Emma y el número innombrable