Emma y el número innombrable
Emma era una hermosa niña de ojos risueños y mejillas sonrosadas de apenas diecinueve meses de edad y unas ganas enormes de aprender. Desde muy pequeña había aprendido las vocales, recitaba unas cuantas palabras sin cesar, cantaba, aunque a medias, sus canciones favoritas; llenaba de sílabas vibrantes el cuarto entero justo antes de dormir. También podía contar hasta trece —o al menos ella juraba—, con esa voz que no solo decía números, sino daba campanadas rápidas e irregulares. Y es que había un misterio sin resolver en medio de todo, un silencio inoportuno entre los números, una grieta diminuta que se expandía poco a poco: Emma se rehusaba a mencionar el cuatro. Cuando empezaba a contar, lo hacía con una intensidad encantadora: —Uno, dos, tres… cinco —gritaba. Su madre, que la escuchaba entre divertida y perpleja, le corregía con ternura: —Uno, dos, tres, CUATRO, cinco, mi amor. Entonces Emma la miraba con profunda seriedad, sacudía la cabeza y volvía a empezar, más ...