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Mostrando entradas de octubre, 2025

Emma y el número innombrable

  Emma era una hermosa niña de ojos risueños y mejillas sonrosadas de apenas diecinueve meses de edad y unas ganas enormes de aprender. Desde muy pequeña había aprendido las vocales, recitaba unas cuantas palabras sin cesar, cantaba, aunque a medias, sus canciones favoritas; llenaba de sílabas vibrantes el cuarto entero justo antes de dormir. También podía contar hasta trece —o al menos ella juraba—, con esa voz que no solo decía números, sino daba campanadas rápidas e irregulares. Y es que había un misterio sin resolver en medio de todo, un silencio inoportuno entre los números, una grieta diminuta que se expandía poco a poco: Emma se rehusaba a mencionar el cuatro. Cuando empezaba a contar, lo hacía con una intensidad encantadora: —Uno, dos, tres… cinco —gritaba. Su madre, que la escuchaba entre divertida y perpleja, le corregía con ternura: —Uno, dos, tres, CUATRO, cinco, mi amor. Entonces Emma la miraba con profunda seriedad, sacudía la cabeza y volvía a empezar, más ...

Anoche saliste corriendo

  Anoche saliste corriendo. Estábamos juntos los dos en la cocina y yo solo quise ayudarte, apenas un gesto mínimo, acomodarte la ropa para que no tropezaras mientras jugabas, para protegerte de los peligros invisibles que en mi mente acechan a aquellos que más amo. Pero tú, que pensabas que quería arrebatarte algo de las manos, me miraste con una mezcla de sospecha y determinación que suele anunciarme tu huida… y te fuiste. Soltaste un “ño” y te alejaste con una torpeza hermosa. Era tu forma de decirme que podías sola, que sabías perfectamente lo que hacías y hasta el tropiezo mismo era todo tuyo. Trastabillabas con cada paso y aunque tu cuerpo se tambaleaba como si aún no entendiera del todo su peso, había en ti una felicidad pura, casi salvaje, de quien descubre que puede desafiar la ayuda de quien ama. Te escondiste en un rincón, convencida de que habías evitado un correctivo, de que estabas a salvo de aquello que con el tiempo aprendiste a adivinar de mis gestos. Luego te ...

Emma y la fábrica de imágenes

  Emma era una niña de poco menos dos años de edad, de cabello ensortijado, tez blanca, y los ojos vivos y redondos, enmarcados por un par de cejas gruesas, como trazadas con plumón de aceite. Emma disfrutaba mucho charlar con sus padres, con sus juguetes, correr por toda la casa, subir escaleras, incluso bailar, pero por sobre todas las cosas, amaba el televisor. Era tanta su alegría de verlo que apenas el amanecer tanteaba el horizonte, cuando la luz del sol no atravesaba las cortinas, su voz se alzaba clara, urgente, imperiosa: ¡Koté! ¡Koté! ¡Isa! ¡ Booba ! ¡ Booba ! Era su modo de empezar el día junto a esos seres luminosos que habitaban la pantalla. No lloraba ni pataleaba: solo pronunciaba sus nombres una y otra vez, por lo que se sentían como horas, hasta que, sin más remedio, el mundo terminaba por ceder a su cantinela. Entonces bastaba con el primer destello azul del televisor o el eco lejano de una canción infantil para verla atravesar la casa entera para reencontrarse ...

Emma y la máquina del tiempo

  En un pueblo pequeño, de calles empedradas y casas de adobe que soltaban sus lamentos en las noches más frescas, nació Emma, una niña de piel blanca y ojos cambiantes como los de su abuela Elia. Fue su abuela quien la abrazó por primera vez aquella tarde del 27 de febrero muy fuerte contra su pecho, fue ella quien le dio biberón, le dio su primer baño y estuvo ahí en sus primeras palabras, cuando aprendió a gatear y dio sus primeros pasos. Celebró cada uno de esos momentos con el corazón y la llenó de besos y caricias siempre que tuvo la oportunidad de cuidarla y enseñarle un poquito de todo lo que sabía de la vida. Lamentablemente, el 2 de septiembre del año siguiente, cuando Emma tenía apenas un año y siete meses de edad, Elia se fue de este mundo, dejando tras de sí un eco de risas y el aroma a comida caliente que aún flotaba en la cocina. José Luis, su abuelo paterno, se había marchado mucho antes, hacía dieciocho años, en tiempos más simples, cuando las redes sociales no...