Emma y la máquina del tiempo
En un pueblo
pequeño, de calles empedradas y casas de adobe que soltaban sus lamentos en las
noches más frescas, nació Emma, una niña de piel blanca y ojos cambiantes como
los de su abuela Elia.
Fue su abuela
quien la abrazó por primera vez aquella tarde del 27 de febrero muy fuerte
contra su pecho, fue ella quien le dio biberón, le dio su primer baño y estuvo ahí
en sus primeras palabras, cuando aprendió a gatear y dio sus primeros pasos.
Celebró cada uno de esos momentos con el corazón y la llenó de besos y caricias
siempre que tuvo la oportunidad de cuidarla y enseñarle un poquito de todo lo
que sabía de la vida.
Lamentablemente,
el 2 de septiembre del año siguiente, cuando Emma tenía apenas un año y siete
meses de edad, Elia se fue de este mundo, dejando tras de sí un eco de risas y
el aroma a comida caliente que aún flotaba en la cocina. José Luis, su abuelo
paterno, se había marchado mucho antes, hacía dieciocho años, en tiempos más
simples, cuando las redes sociales no eran lo que hoy y una llamada por
teléfono era todo lo que tenían de los familiares lejanos. Emma no lo conoció y
tampoco ha de recordar a su abuela, pero sus nombres vivían en las historias que
sus padres, Carolina y Alberto, contaban al caer la noche, cuando la niña se
frotaba los ojos y se chupaba el dedo en señal de irse pronto a dormir.
Así fue como
Emma creció: entre murmullos lejanos y fotografías que empezaban a borrarse con
el tiempo. En una de ellas, Elia sonreía con una dulzura que parecía hablar; en
otra, José Luis, con su sombrero grande, miraba serio, aunque en el fondo de
sus ojos brillaba una chispa alegre, de esas que solo encendía cuando estaba
entre amigos, guitarra en mano, riendo con cerveza y canciones. Había unos
cuantos videos también, viejos y temblorosos, donde las risas se cortaban y la
imagen se nublaba, como la memoria misma que ahora lo extrañaba. Los de Elia,
sin embargo, eran más claros: ahí estaba ella, entre madre y abuela, con ese
modo de amar que todo lo envolvía, que hacía del cariño una travesura y de la
ternura una fuerza.
Emma, con el
cabello enredado y las rodillas amoratadas de tanto correr, se sentaba a
mirarlos una y otra vez. Imaginaba cómo sería correr hacia ellos, sentir la
mano tibia de Elia, oír las historias de José Luis bajo el viejo roble del
patio.
“¿Y si pudiera
conocerlos?”, pensaba mirando las estrellas, que titilaban como si supieran
algo que ella aún no debía saber.
Cuando cumplió
nueve años, Emma pensó que el tiempo no era una línea, sino un nudo. Un enredo
de hilos que se cruzan y vuelven sobre sí mismos, como si todo lo vivido
buscara repetirse en otro lugar. Si lograba desenhebrarlo, pensaba, quizá
encontraría a sus abuelos.
Con esa fe impoluta
que tienen los niños —la que no conoce los imposibles—, empezó a buscar. En
internet halló dibujos de máquinas que nadie había construido: engranajes
infinitos, luces que semejaban un horizonte muy lejano. Leyó revistas sobre
inventos nuevos, sobre hombres que soñaban con detener el tiempo o hacerlo
andar al revés. Después vinieron los libros de Verne, de Asimov, de Clarke, y
las series de televisión que detallaban un futuro donde todo, no importaba lo
que estuvieras dispuesta a soñar, era posible.
Con los años
empezó a leer libros de física que ni sus padres comprendían del todo, pero que
ella desmenuzaba con paciencia. Aprendió a programar y pasaba las tardes frente
a la pantalla, probando comandos, uno tras otro, siguiendo consejos perdidos en
foros que nadie visitaba ya. Luego lo intentaba en su tableta, en el teléfono…
incluso en la tostadora, que chispeaba en la cocina como si el pan quemado pudiera
abrir un portal al pasado. Incluso el refrigerador, con su zumbido cansado, fue
parte de sus experimentos, al grado de que sus padres tuvieron que prohibirle
algunas veces que desarmara el televisor nuevo y le pidieron en más de una
ocasión que devolviera la computadora del auto a donde estaba.
Nada funcionaba,
claro, pero Emma no se rendía. Seguía buscando, convencida de que en algún
rincón del tiempo había una rendija por donde volver a verlos.
Emma creció más
pronto de lo que sus padres imaginaron. Dejó atrás el pueblo, las calles
polvorientas, y se fue a la ciudad, donde los edificios tocaban el cielo y las
bibliotecas olían a papel de antaño. Trabajó de mesera en un lindo café, vendió
autos por un tiempo, estudió esto y aquello, siempre moviéndose, como si
buscara algo que nadie más veía. Pero nunca dejó las matemáticas. Decía que
eran el idioma que el tiempo comprendía, un modo secreto de hablarle sin
palabras. También aprendió de física, queriendo descifrar las leyes invisibles
que sostenían al mundo. Se graduó de ingeniería electromecánica, tomó cursos,
diplomados, y mientras tanto las paredes de su cuarto se fueron llenando de
ecuaciones, líneas y símbolos que parecían mapas de un país desaparecido.
Un día encontró
el amor. Se casó, tuvo dos hijos, David y Alessandra, y las risas de ambos
llenaron su casa como antes lo hacía el viento del pueblo. Pero dentro de ella,
muy hondo, seguía viva una idea —pequeña, terca, luminosa—: construir una
máquina del tiempo, para conocer a Elia y a José Luis, para llevar a Carolina y
a Alberto, ya canosos, a sentarse con ellos bajo el viejo roble.
Una tarde
nublada, con olor a tierra mojada, Emma volvió al pueblo. Se quedó ahí, junto a
sus padres, que ya caminaban despacio y hablaban menos. Entre los tres
aprendieron de nuevo a vivir, y con los nietos corriendo por el patio, las viejas
costumbres florecieron otra vez, como bugambilias después de la lluvia.
Una de esas
tardes quietas, Emma se sentó junto a su padre en la banqueta. Miraron pasar
los autos sin prisa, envueltos en el polvo fino del camino. Entonces ella
habló, con voz baja, como quien abre una puerta cerrada durante años. Le
confesó algo que había guardado muy dentro, tanto tiempo, que ni ella misma
sabía cuánto peso tenía. Algo que, sin darse cuenta, había definido el rumbo
entero de su vida.
—¿Sabes? —dijo mirando
el horizonte—. Todas esas veces que descompuse el microondas, que tomé los
tostadores nuevos sin permiso… solo buscaba hacer una máquina del tiempo.
Su padre la miró
con ternura. No se sorprendió del todo; siempre había sabido que su niña era de
esas que sueñan profundo, con los ojos bien abiertos.
—Suena tonto
—siguió ella—, pero yo solo quería llevarte a ver a mi abuela otra vez. Que
volvieras a encontrarte con tu papá… con ese abuelo José Luis que cantaba tan
bonito con su guitarra. Soñaba con que todos estuviéramos juntos, aunque fuera
una vez. Pensaba que ese era tu deseo, y sin darme cuenta, se volvió también el
mío. Viví toda mi vida con ese propósito, aunque entre hijos y cuentas que
nunca se acaban, uno termina por olvidarse de lo que sueña. Perdóname.
Su padre la miró
largo rato, con los ojos humedecidos. Luego la abrazó fuerte, como si quisiera
guardarla de nuevo entre sus brazos de cuando era niña.
—¿Perdonarte por
qué, mi amor? —le dijo con la voz temblorosa.
Emma se dejó
abrazar. Se limpió una lágrima con el dorso de la mano y, sonándose la nariz,
murmuró:
—Nunca pude.
Nunca lo logré. Sé que suena absurdo, sé que es imposible… pero una parte de mí
siempre creyó que iba a suceder. Que si cerraba los ojos con todas mis fuerzas
antes de dormir, si lo deseaba con todo mi corazón, al despertar los
encontraría a todos: a ti conversando con el abuelo en la sala, y a mi abuela
saliendo de la cocina con una charola de galletas recién horneadas, hechas solo
para mí.
El silencio los
envolvió. Alberto se talló los ojos y, entre sollozos, volvió a estrecharla.
Luego, con una voz suave, le besó la frente y dijo:
—Pero si tú eres
la máquina del tiempo, mi amor.
Emma lo miró sin
entender del todo, pero como cuando era niña, se dispuso a escuchar.
—Tú viviste la
misma vida que nos tocó a nosotros, pero un poco mejor. Nosotros vivimos la de
tus abuelos, también un poco mejor. Cada paso tuyo, cada risa, cada lágrima,
fue un pedazo de ellos que llevaste contigo. No necesitas una máquina, hija.
Así es como se conserva el pasado. Así es como se lleva hacia el futuro. Tu
viaje fue tu vida misma… y de ella hiciste una aventura hermosa. Nos recordaste
a tus abuelos en cada gesto, en cada risa, en cada cosa buena que hiciste. Los
trajiste de vuelta cada día y por eso te agradeceré por siempre; no hay nada
que perdonar.
Emma sintió algo
tibio en el pecho, sin duda un poco de aquel calor que sintió al nacer entre brazos
amorosos. Pensó en las tardes con sus hijos, en las historias que les contaba,
las mismas que alguna vez le contaron Carolina y Alberto. Recordó también sus
propias manos en la cocina, repitiendo los gestos de Elia sin darse cuenta, o
aquel tarareo leve, distraído, que había heredado de José Luis cuando pensaba
en silencio. Entonces comprendió: todos eran parte de todos. No en una línea
que avanza, sino en un enredo sin principio ni fin, un ciclo que vuelve sobre
sí mismo y nunca se acaba.
Se tomó de la
mano de su padre, y fue entonces, solo entonces, que encontraron a Carolina que
lo había visto todo desde la puerta. Llevaba en sus manos una charola de
galletas recién horneadas hechas especialmente para su hija.
Esa tarde se
despidieron con un abrazo largo y un beso en la frente. Luego cada uno se fue a
dormir, con el corazón lleno y la casa en silencio.
Pero cuando el
sueño llega, Emma vuelve a imaginar su máquina. Sueña con ruedas que giran sin
cesar, con luces estrambóticas, con una puerta que se abre hacia aquel
septiembre lejano. Porque, aunque entendió las palabras de su padre, algo
dentro de ella sigue buscando. Una chispa, una rendija, un hilo de tiempo que
la lleve al roble del patio, a los cuidados de Elia, al sonido de la guitarra
de José Luis para sentarse con ellos a la mesa a comer en familia, como si el
tiempo, por fin, hubiera aprendido a detenerse.
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