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Mostrando entradas de abril, 2026

Ayer te vi derrotar a un terrible enemigo

  Ayer te vi derrotar a un terrible enemigo. Andabas por los pasillos del consultorio con esa alegría innata que te caracteriza. Saltabas entre globos y nubes de colores con ansias de juego. Hasta que el llanto de un niño cambió tu rostro. Me viste a los ojos en busca de respuestas. Sentías que algo iba a suceder. Pero seguiste adelante, como sueles hacer cuando me tomas de la mano y me dices a donde ir. Después de unos minutos llamaron tu nombre. Tomé un poco aire y te cargué en brazos a un cuarto más blanco y estrecho. Cuando la enfermera mostró las vacunas, el miedo te invadió de nuevo. Quizá pensaste que el entusiasmo de papá y las paredes coloridas no eran más que el señuelo de una emboscada diseñada para traicionarte.             Dijiste que no. Lo dijiste con tu cuerpo. Quisiste huir, esconderte en mis brazos y yo no pude salvarte. No esta vez que todo lo hacía por tu bien. ​      ...

Emma y el imán de los deseos

  Emma era una hermosa niña de ojos grandes y cejas dibujadas como con plumón que no tenía cosas favoritas. Nada se prendaba a su corazón lo suficiente como para extrañarlo. En la casa, todo giraba como un pequeño universo inestable: juguetes sin hogar permanente, objetos extraviados, rincones que cambiaban de apariencia según su humor. Hasta que un día, todo cambió. Primero fue un cojín sin el que dormir se volvió imposible. Luego una muselina que la seguía a todas partes. Después vinieron los juguetes… e incluso un par de tenis y el joyero de mamá. Sus padres devolvían todo a su lugar mientras Emma dormía: la plancha al vestidor, el sartén a la alacena, la manguera al patio. Por eso, cada mañana, faltaban muchas cosas que por la noche habían estado ahí. Y quizá por eso empezó a reclamarlas. —¡Mío! —decía apenas tocaba algo. —¡No, es mío! —gritaba si intentaban sacar algo de su cuna. Fue entonces cuando sus padres descubrieron algo imposible: al despertar, todo lo ...

Ayer te vi desafiar la gravedad

              Ayer te vi desafiar la gravedad del resbaladero de metal. Mirabas fijamente la cima con una idea revolucionaria en mente y no importó que la superficie entera estuviera hecha de hielo: pusiste tus pies de calcetines rosas sobre el frío para comenzar con tan arduo camino. Yo iba detrás de ti, con una mano en tu cintura y la otra atenta a todos tus movimientos, pero en secreto; no quería interrumpir tu concentración. Diste un paso sobre la pendiente, luego otro y de pronto volviste al lugar del que habías partido con un pequeño resbalón. Entendiste entonces que no sería fácil, pero eso solo lo hizo más atractivo. Ajustaste la posición de tu cuerpo, afinaste la concentración y empezaste de nuevo.             Cuando ibas a mitad del camino me buscaste a tu costado, me lanzaste el esplendor de tu mirada y me gritaste a todo pulmón: -¡Vamos, papá, vamos! -Vamo...