Ayer te vi desafiar la gravedad

 

            Ayer te vi desafiar la gravedad del resbaladero de metal. Mirabas fijamente la cima con una idea revolucionaria en mente y no importó que la superficie entera estuviera hecha de hielo: pusiste tus pies de calcetines rosas sobre el frío para comenzar con tan arduo camino. Yo iba detrás de ti, con una mano en tu cintura y la otra atenta a todos tus movimientos, pero en secreto; no quería interrumpir tu concentración. Diste un paso sobre la pendiente, luego otro y de pronto volviste al lugar del que habías partido con un pequeño resbalón. Entendiste entonces que no sería fácil, pero eso solo lo hizo más atractivo. Ajustaste la posición de tu cuerpo, afinaste la concentración y empezaste de nuevo.

            Cuando ibas a mitad del camino me buscaste a tu costado, me lanzaste el esplendor de tu mirada y me gritaste a todo pulmón:

-¡Vamos, papá, vamos!

-Vamos, mi amor, te dije convencido de que lo lograrías.

Y seguiste adelante, un pie a la vez, con la convicción de quien ha conquistado las catorce montañas más altas.

            Y cuando te elevabas por encima de mi nivel recordé aquellas veces en que yo estuve en el mismo lugar que tú: muy por encima del mundo y de mis propias posibilidades. Sobre un resbaladero. Sobre una bicicleta. Sobre la primera camioneta que aprendí a manejar a los doce años, dando vueltas en círculos en un infinito espacio de arena rumbo a las playas de Altata. Y entonces entendí todo. Entendí que siempre hubo unas manos detrás de mí, sosteniéndome en silencio, tomándome de la cintura cuando el camino se volvía más difícil, empujándome apenas lo necesario para alcanzar alturas que ni siquiera me atreví a soñar.

            En eso pensaba mientras te acercabas a la cima con un gruñido de esfuerzo y cuando al fin llegaste, cansada de tanta gravedad, aferrada al plano más alto, levantaste los brazos en el aire anunciando tu llegada, celebrando un triunfo que sentías completamente tuyo.

¡Yay! –gritaste, con los ojos encendidos por un sol que despierta en tu interior todas las mañanas.

            -Yay, mi amor -te dije, rozando tu tobillo sin que lo notaras, en un gesto tan leve que no delatara mis miedos.

            Y ahí nos quedamos, celebrando juntos una aventura más; una de esas pequeñas victorias llenas del amor silencioso de los padres, que sin decirlo nos hace sentir, una vez más, que estamos en la cima del mundo.  

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