Emma y el número innombrable
Emma era una
hermosa niña de ojos risueños y mejillas sonrosadas de apenas diecinueve meses
de edad y unas ganas enormes de aprender. Desde muy pequeña había aprendido las
vocales, recitaba unas cuantas palabras sin cesar, cantaba, aunque a medias,
sus canciones favoritas; llenaba de sílabas vibrantes el cuarto entero justo
antes de dormir. También podía contar hasta trece —o al menos ella juraba—, con
esa voz que no solo decía números, sino daba campanadas rápidas e irregulares. Y
es que había un misterio sin resolver en medio de todo, un silencio inoportuno entre
los números, una grieta diminuta que se expandía poco a poco: Emma se rehusaba
a mencionar el cuatro.
Cuando empezaba
a contar, lo hacía con una intensidad encantadora:
—Uno, dos,
tres… cinco —gritaba.
Su madre, que
la escuchaba entre divertida y perpleja, le corregía con ternura:
—Uno, dos,
tres, CUATRO, cinco, mi amor.
Entonces Emma
la miraba con profunda seriedad, sacudía la cabeza y volvía a empezar, más
convencida aún:
—Uno, dos,
tres, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece…
Y en su voz
había una deuda secreta, como si el número ausente no hubiera existido antes de
ella ni nunca, y no quedara espacio alguno entre el tres y el cinco.
Al principio,
Emma parecía solo divertida con ese olvido, pero pronto su silencio al llegar
al cuatro empezó a sentirse intencional, y con el tiempo esa intención se
volvió un poco de rencor. Era como si aquel número le hubiera hecho algo
imperdonable: lo miraba venir y, antes de pronunciarlo, lo borraba del aire con
una sonrisa.
Su madre
intentaba corregirla una y otra vez, pero cuanto más lo hacía, más se afirmaba
la niña en su negativa, como si conservar ese vacío cuadrado fuera una misión
que solo ella entendía. Con cada cuenta, con cada canción, el cuatro se
deshacía un poco más, perdiendo su sitio en el mundo, borrándose de los labios
y de los días, hasta quedar exiliado en el pensamiento de todos, menos en el de
Emma.
Con el tiempo,
su negación se volvió una cruzada diminuta, una guerra santa librada en los
libros y las canciones de cuna. En el teléfono, Emma hundía sus deditos torpes
sobre la pantalla, borrando cualquier número que llevara aquel signo proscrito.
Los contactos quedaban mutilados, las llamadas, imposibles. Era como si
estuviera limpiando el universo de algo impuro.
En la
televisión, cuando el reloj marcaba las 4:00, ella se enderezaba en su lugar como
si hubiera escuchado un conjuro, corría a apagarla y luego aplaudía con júbilo,
—No, no, no,
no —murmuraba con desfachatez.
Con el tiempo,
el número mismo parecía esconderse de ella: se borraba solo del microondas, del
control remoto, del reloj del horno. Nadie entendía lo que estaba sucediendo y
con el tiempo si sucedía siquiera, pero poco a poco desaparecía, obediente,
como si, derrotado, se hubiera marchado después de un millar de intentos.
Poco a poco el
cuatro comenzó a desvanecerse del mundo entero. Un día cualquiera, el número 4
desapareció del calendario. El mes quedó cojo, los días avanzaban con un salto,
y nadie pareció notarlo. Los profesores de matemáticas comenzaron a enloquecer:
los niños contaban sin darse cuenta del error, los libros escolares amanecían
con las páginas enumeradas 1, 2, 3, 5, 6, 7… y nadie parecía recordarlo del
todo. Los carros con matrícula terminada en cuatro se volvieron invisibles a
las cámaras de tránsito; los teléfonos con ese dígito no podían recibir
llamadas y cuando los relojes marcaban las cuatro, el tiempo mismo se deslizaba
hacia las cinco sin aviso previo, como si una hora completa se hubiera vuelto
indecible.
Algunos lo
notaban con alarma. Los relojeros y los astrónomos hablaban en voz baja de “una
fisura en la secuencia del tiempo”. Los ingenieros no entendían por qué las
estructuras cuadradas —puentes, mesas, marcos— empezaban a tambalear. Todo lo
que dependía de cuatro patas, de cuatro esquinas o de cuatro puntos cardinales
se volvía inestable: las sillas cojeaban, las brújulas enloquecían, los mapas
parecían perder el norte… o quizá el oeste.
Pero muchos otros simplemente lo olvidaron. Las
madres seguían preparando pasteles de tres capas, los músicos componían
compases de tres tiempos, y los arquitectos rediseñaban las casas con techos
triangulares “porque algo en el cuadrado ya no funcionaba”. El mundo, poco a
poco, se reacomodaba a su nueva forma incompleta.
Solo la madre de Emma lo recordaba todo. Solo
ella sabía que algo faltaba, que entre el tres y el cinco había una pausa
incómoda que nadie más sentía. Así que una noche decidió jugar con su hija,
entrar en su lógica absurda, aunque encantadora, y convertir la rareza en un juego.
Una mañana
tibia, mientras Emma jugaba con su perrita, se agachó junto a ella con una
sonrisa. Coco movía la colita, feliz, con la lengua fuera y los ojos chispeando
luz.
—Mira, Emma
—dijo suavemente—. ¿Sabes cuántas patitas tiene Coco?
Emma lo pensó
por un momento, bajó la mirada y comenzó a contar con la solemnidad de quien
recita un hechizo:
—Uno… dos…
tres… cinco.
Su madre
esperó un segundo, sin corregirla. Luego repitió la frase en la secuencia
correcta:
—Uno… dos…
tres… cuatro —dijo con ternura—. Con esas cuatro patitas corre, salta y te
sigue a todas partes y sin ellas, no podría encontrarte.
Emma miró a la
perrita. La vio mover sus patas diminutas sobre el piso, una, dos, tres, y la
otra que insistía en existir, como un tambor invisible. Luego miró a su madre. Guardó
silencio, largo, como si estuviera escuchando dentro de sí algo que no terminaba
de entender.
—¿Ves las
ruedas de tu carriola? —dijo de nuevo su madre que señalaba el transporte de su
bebé que residía en un rincón y que ahora levantaba para que las ruedas
quedaran a la vista—. Una, dos, tres… ¿y esa que está ahí cuál es?
Emma quiso
ignorarla pero la rueda giró sola, con un ligero zumbido alegre y el sol se
reflejó en el metal, lanzando un destello que pareció guiñarle el ojo.
Por un
instante, Emma creyó escuchar un murmullo, una voz menuda, como la del viento
cuando juega con las hojas, que sin saber describirlo, le conminaba a
contestar. Apretó los labios, pensativa, y tocó la rueda con sus dedos sin
saber qué decir.
Entonces su madre
comenzó a hablarle en esa voz con una mezcla juego y sabiduría que aprendió
desde el instante en que su pequeña nació. Le habló del cuatro escondido en
todas las cosas hermosas. De los cuatro Beatles que cantaban las canciones que adoraba
su padre, y de cómo sus voces, juntas, formaban una sola melodía que nadie
podía olvidar. De las cuatro estaciones del año que vestían la tierra de
distintos colores: la primavera con su verde fragante, el verano con su
amarillo intenso, el otoño con sus rojizos y dorados, y el invierno de colinas
nevadas y tazas de chocolate caliente.
Le habló
también de las cuatro casas de Hogwarts, donde los magos aprendían a ser
valientes, sabios, leales y astutos y de los cuatro puntos cardinales, que
guían los pasos de los viajeros perdidos, y hacen el regreso, no importa lo
lejos que estés, posible.
Le habló de
los cuatro elementos antiguos: tierra, agua, aire y fuego, que respiran en todo
lo que existe y finalmente, sacó de su bolsillo un pequeño tesoro: un trébol de
cuatro hojas, recién prensado entre las páginas de un libro.
—Dicen que
trae suerte a quien lo encuentra —susurró—. Pero yo creo que la suerte está en
saber verlo.
Emma escuchó
en silencio. Sus ojos, grandes como lunas, se detuvieron en el trébol que su madre
depositó en su manita. Era frágil, como papel de arroz y temblaba al menor
soplo. Por primera vez no rechazó la idea y lo sostuvo en sus manos un largo
rato, como si de pronto descubriera un tesoro perdido por un largo tiempo.
Lo regresó con
cuidado entre las hojas del libro y liberó un poco de ese frescor que aún
guardaba y ahora cosquilleaba la nariz de la pequeña. Entonces Emma sonrió y en
voz baja, como si pidiera perdón después de tanto tiempo, murmuró:
—Uno, dos,
tres… CUATRO…
En ese
instante, el viento sopló por la ventana y las hojas del jardín se agitaron
como si celebraran su regreso y después de mucho de no hacerlo, el reloj del
horno marcó las nueve con cuatro minutos. Las sillas, que durante semanas
habían cojeado sin remedio, recuperaron su equilibrio de inmediato. Las cuatro
patas tocaron el suelo al unísono. En las calles, los puentes dejaron de gemir
bajo el peso de los autos, los pilares se enderezaron, y los ingenieros,
desconcertados, miraban sus planos y decían entre murmullos:
—Parece que
todo ha vuelto a encajar…
Los relojeros,
que habían enloquecido tratando de ajustarse al tiempo, se abrazaron al ver que
por fin volvía a tener una medida justa. En los mapas del mundo, los puntos
cardinales recuperaron su sitio; el oeste, que se había perdido para el colmo
de los colmos, regresó a las costas de Sinaloa. Las brújulas, que giraban como
bailarinas confundidas, volvieron a señalar el norte y los marineros, que
llevaban semanas dando vueltas en círculos, vieron cómo sus embarcaciones se
enderezaban sobre el agua, con rumbo firme otra vez.
En la escuela,
los niños volvieron a contar con naturalidad, sin tropezar entre el tres y el
cinco. Nadie supo explicar por qué de pronto sus voces sonaban más completas,
por qué los coros en clase de música eran más armoniosos o por qué los dibujos
en sus cuadernos, antes torcidos, ahora parecían encajar en una geometría perfecta.
Los maestros
revisaron los calendarios y se dieron cuenta, con un sobresalto, de que había
vuelto un día que no recordaban haber perdido. “El día cuatro”, dijeron algunos
con una sonrisa, aunque nadie supiera con certeza a qué mes pertenecía.
El mundo
entero, así como se había vuelto un poco loco tan de repente, volvió a la
normalidad sin previo aviso.
Esa noche,
mientras dormía, Emma soñó que los números bailaban en un círculo luminoso,
girando en torno a ella como luciérnagas que contaban historias con su brillo. El
uno caminaba erguido, el dos se doblaba como un cisne, el tres giraba risueño
sobre sí mismo. Y entre el tres y el cinco había un hueco, un pequeño silencio
que olía a hierba fresca. De pronto, del centro del sueño surgió el cuatro. Venía
vestido de verde trébol, con una sonrisa ladeada y un brillo travieso en los
ojos. Se inclinó ante Emma con la gracia de quien vuelve de un largo viaje y le
guiñó un ojo, como si dijera: gracias por dejarme existir otra vez.
Emma estiró la
mano y lo tocó con la punta del dedo. El pequeño número se deshizo en una
lluvia de luz y cada chispa que caía se convertía en algo que desde tiempos inmemoriales
perteneció al mundo: una patita de perro, una rueda de carrito, una hoja de
árbol, una estación del tren. Todo volvía a su lugar, como si el universo
exhalara aliviado.
Desde
entonces, Emma nunca volvió a borrarlo del mundo. El cuatro estaba en todas
partes, en sus juegos, en sus canciones, en la forma en que el viento abría las
cortinas y sin embargo, cuando contaba, a veces dejaba una pequeña pausa entre
el tres y el cinco, una respiración leve, un parpadeo respetuoso, como si en lo
más hondo de su ser aún recordara aquel tiempo en que el número innombrable era
su adversario más temible; un enemigo hecho enteramente de imaginación y un pequeño
trozo de infinito, que en su interior parecía resguardar todos los secretos del
universo.
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