Emma y el temible sacamocos
Había una vez
una bebita llamada Emma que apenas contaba con quince meses de edad. Era no muy
alta, pero no muy pequeña, y sus manitas apenas alcanzaban a tocar la coronilla
de su cabeza llena de cabellitos finos como hilo de ángel. Sus mejillas
redondas y sonrosadas parecían pequeños duraznos maduros y su risa era una
melodía clara, como si alguien hiciera tintinear campanitas de cristal en medio
de la habitación acolchada, y con solo escucharla, el mundo entero parecía un
lugar más dulce y lleno de luz.
Emma era sin
duda una niña feliz pero un día, sin tocar a la puerta ni anunciar su llegada,
la gripe se coló hasta su alcoba. Primero fue un estornudo tímido, luego una
nariz húmeda, luego un pequeño hilo pegajoso asomaba traicionero de su nariz,
hasta que, en cuestión de horas, Emma se convirtió en un manantial inagotable
de mucosidad. Los había de todos colores: verdes, a veces amarillos, a veces
simplemente transparentes, pero lo que todos tenían en común era su obstinada
insistencia en salir y quedarse pegados a las cosas.
Fue entonces
cuando Emma conoció a su más temido adversario, su némesis incluso. No se
trataba de un dragón o una bruja ni tampoco de un ogro bajo la cama. No. Su
enemigo era más pequeño y, según decían los adultos, “algo muy útil”. Le
llamaban: el Sacamocos.
A los ojos de su
mami y de su papi, no se trataba más que de un humilde aparatito de plástico
transparente, con un tubito delgado que servía para succionar. Pero para Emma,
aquel instrumento era una criatura espeluznante, una especie de alienígena frío
y despiadado, que dormía oculto en el rincón más oscuro del cajón de los
horrores —también llamado “botiquín”— y despertaba solo para atacar su
naricita. Tenía un zumbido leve, como de una mosca apurada, pero Emma lo oía
venir como si fuera un trueno. Cuando sus padres lo sacaban con la frase “hora
de limpiarte la naricita”, su cuerpecito se tensaba como una cuerda con mucho
peso y sus ojos se abrían como si acabara de ver un fantasma.
Entonces
comenzaba la persecución.
Emma corría —o
más bien, tropezaba— por toda la casa con pasitos tambaleantes pero veloces,
como un venadito asustado. Se escondía
bajo la mesa del comedor, detrás de las cortinas del ventanal, dentro de la
cesta de la ropa limpia, entre las cobijas del sillón. Incluso una vez intentó
meterse en el cajón de los tuppers. Pero sus padres siempre, siempre, la
encontraban y cuando la atrapaban, comenzaba la batalla: gritos de protesta,
pataleos furiosos, manitas que empujaban en el aire como si luchara contra un viento
feroz, y lágrimas como riachuelos salados bajando por sus mejillas. Su
cuerpecito se retorcía entre los brazos de mamá o de papá mientras el Sacamocos
hacía su trabajo, succionando todo a su paso, lo que Emma no podía entender más
que como una traición sin nombre. Porque cómo era posible que los dos seres que
más amaba en el mundo pudieran hacerle daño.
Así empezó la
leyenda de Emma y el temido Sacamocos, una guerra que se libraba cada mañana y
cada noche, entre juguetes desparramados, toallitas húmedas y las súplicas
dulces —y a veces desesperadas— de unos padres que solo querían ayudar.
Y mientras el
mundo seguía girando, Emma, la pequeña guerrera mocosa, resistía. Hasta que un
día, cuando el sol entraba tibio por la ventana y los juguetes dormían
desordenados por toda la alfombra, Emma hizo un descubrimiento asombroso.
Estaba sola en la sala, tambaleándose entre bloques de colores y libros de
cartón mordisqueados, cuando sintió esa cosquilla tan familiar en la nariz: el
anuncio de otro moco traicionero.
Frunció el ceño,
se quedó quieta un momento y entonces...
—¡Achís!
El estornudo
salió de lo más profundo de su pecho como un rugido de león, uno pequeño, y con
él, una lluvia de mocos salió disparada en todas direcciones, como si fueran
fuegos artificiales en miniatura. Un moco aterrizó en su barbilla, otro le
adornó una ceja, y varios más, muy saladitos, se deslizaron por su boquita
entreabierta como gomitas viscosas y brillantes.
Su mamá apareció
en la escena como un rayo, con una toallita húmeda en la mano y una mezcla de
risa y asombro en el rostro.
—¡Pero qué desastre!
—dijo entre carcajadas, limpiando el pegajoso accidente.
Papá la alzó en
brazos como si hubiera ganado una medalla, la hizo girar en el aire, y le dio
un beso en la frente llena de mocos.
—¡Estornudaste
la gripe entera, mi amor!
Y entonces, en
ese momento luminoso, Emma comprendió algo revelador: ¡no necesitaba al
Sacamocos!
Solo bastaba
estornudar fuerte y los mocos salían solos, sin máquinas, sin tubos, sin
traumas. Su naricita quedaba libre, ligera, como si respirara el aire del cielo
mismo. Una solución brillante, rápida… y lo mejor de todo: sin llantos.
Desde ese día,
cada vez que sentía una pizca de picazón en su nariz, Emma intentaba provocar
el estornudo perfecto. Fruncía la naricita como un conejito, agitaba los
bracitos como si batiera sus alas, sacudía la cabeza con fuerza —igual que
cuando salía del baño y no quería que la peinaran—, e incluso abría mucho los
ojos, como si esperara que un estornudo se le escapara por la mirada, pero la
magia no siempre obedecía. La mayoría de las veces no pasaba nada. Ni un
“achís”, ni una brisa, ni siquiera un moco triste rodando por la mejilla. Solo
ese silencio ominoso… seguido del zumbido temido del Sacamocos.
Y entonces todo
volvía a empezar: la persecución, los gritos, las pataditas, los “ay-ño”
desesperados.
Emma lloraba
como si el mundo se rompiera en pedacitos de plástico. Porque, para ella, no
había peor injusticia que saber que existía una manera mejor, más libre y
feliz, de limpiar su nariz… y que, por algún misterio del universo, no siempre
funcionaba.
Hasta que un
día, en medio de una nueva persecución nasal —con mamá armada con el Sacamocos
en una mano y una toallita húmeda en la otra—, Emma recordó algo importante.
Algo maravilloso. Algo salvador.
Fue como una
chispa en su memoria de bebita: una imagen, un olor, una risa vieja. El jardín
del abuelo. Recordó las mañanas tibias de sol dorado, cuando salía de la casa tambaleando
sobre sus piecitos inexpertos, agarrada del dedo firme y arrugado del abuelo.
Juntos caminaban entre flores altas y suaves, que olían a pan recién horneado y
tierra mojada. Algunas flores eran tan grandes como su cabeza; otras parecían
nubes de colores flotando sobre los tallos. Pero había unas en particular que
la hacían estornudar como loca: flores redondas y despeinadas que siempre le
hacían cosquillas en la nariz.
—Crisantemos,
—decía el abuelo con su voz pausada, mientras se agachaba a enseñárselas—. Son
mágicos, ¿ves? Te hacen estornudar los pensamientos tristes.
Y era cierto.
Apenas Emma se acercaba, comenzaba una lluvia de estornudos que parecía no
tener fin. Estornudaba tanto que se caía de sentón en la tierra, riendo a
carcajadas, y el abuelo reía con ella, con los ojos llenos de arrugas alegres.
A veces salía del jardín empapada de mocos y tierra, pero ligera como una
pluma; rejuvenecida, aún a su muy cortita edad.
Ahora, frente al
resplandor amenazante del Sacamocos, Emma supo qué hacer. Con la determinación
heroica de una niña de un año y poquito más, se revolvió entre los brazos de su
madre como un pez rebelde, logró bajar del sillón rodando con estilo propio, y
salió disparada hacia el jardín, dejando atrás los gritos de “¡Emma, espera!”,
“¡Ven acá, mi amor!” y el inevitable “¡Ay no, otra vez no!”.
Cruzó el pasillo
tambaleando, empujó la puerta del patio con su manita pegajosa, y se lanzó hacia
el jardín. Avanzó hasta donde estaban los crisantemos —esas esferas suaves de
pétalos infinitos—, se sentó entre ellos con solemnidad, cerró los ojos… y
esperó.
Un instante
después, una flor rozó apenas su naricita, como si le hiciera una caricia
secreta y entonces comenzó la sinfonía:
—¡Achís! ¡Achís!
¡Achís! ¡Achís!
Los estornudos
salían en ráfagas imparables. Los mocos brotaban como ríos felices, cubriéndole
la barbilla, la frente, hasta los rizos. Emma reía entre cada sacudida, sus
manitas se agitaban en el aire como mariposas, y los pétalos flotaban alrededor
como si aplaudieran su victoria.
Sus padres
llegaron corriendo, alarmados al verla entre flores y mocos, temiendo lo peor.
Pero al verla así —cubierta en babas brillantes, riendo como una tormenta de
alegría, con la nariz libre y resplandeciente— no pudieron hacer otra cosa que
reír también.
Mamá se
arrodilló junto a ella y la limpió con una toallita tibia, con ternura, sin
tubos ni succionadores. Papá le besó la frente con una sonrisa que le brillaba
en los ojos. El Sacamocos, que había sido dejado sobre la mesa en la confusión,
no volvió a hacer su zumbido nunca más.
Desde ese día,
cada vez que un moco asomaba con descaro, Emma corría decidida al jardín, se
acurrucaba entre los crisantemos, estornudaba su alma entera, y regresaba
limpia, orgullosa, y feliz.
El Sacamocos,
relegado al fondo del cajón, poco a poco se fue cubriendo de polvo y olvido y
Emma, la valiente enemiga de los aparatitos útiles, siguió creciendo entre
flores, estornudos y muchas, muchas risas pegajosas.
Fin.
Comentarios
Publicar un comentario