Hoy te vi llorar mi partida
Hoy te vi llorar mi partida. El día empezó como suelen empezar nuestros días: querías dormir. Seguir aferrada a ese último rincón de la noche donde los sueños todavía existen y el mundo no exige nada. Te llamé una vez. Luego otra. Protestaste con ese enojo breve que te dura un rato y desaparece sin dejar huella. Tu madre te vistió mientras yo terminaba de preparar las cosas. Te ajustó dos pequeñas colitas en el cabello y de pronto ya sonreías. Poco a poco volviste a ser tú. —Vamos al carro —me dijiste. Y fuimos. El sol ya estaba alto. La ciudad seguía su rutina. Los mismos semáforos, las mismas calles, los mismos árboles pasando por la ventana, y tú observándolos como si los vieras por primera vez. Durante el camino no hubo señales. Hablabas de cualquier cosa. Señalabas algo afuera. Te acomodabas en tu asiento. Parecía uno de esos viajes al parque o a la plaza, uno de esos trayectos pequeños que terminan en una aventura compartida. Entonces apareció el edificio. ...