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Hoy te vi llorar mi partida

  Hoy te vi llorar mi partida. El día empezó como suelen empezar nuestros días: querías dormir. Seguir aferrada a ese último rincón de la noche donde los sueños todavía existen y el mundo no exige nada. Te llamé una vez. Luego otra. Protestaste con ese enojo breve que te dura un rato y desaparece sin dejar huella. Tu madre te vistió mientras yo terminaba de preparar las cosas. Te ajustó dos pequeñas colitas en el cabello y de pronto ya sonreías. Poco a poco volviste a ser tú. —Vamos al carro —me dijiste. Y fuimos. El sol ya estaba alto. La ciudad seguía su rutina. Los mismos semáforos, las mismas calles, los mismos árboles pasando por la ventana, y tú observándolos como si los vieras por primera vez. Durante el camino no hubo señales. Hablabas de cualquier cosa. Señalabas algo afuera. Te acomodabas en tu asiento. Parecía uno de esos viajes al parque o a la plaza, uno de esos trayectos pequeños que terminan en una aventura compartida. Entonces apareció el edificio. ...

Ayer te vi derrotar a un terrible enemigo

  Ayer te vi derrotar a un terrible enemigo. Andabas por los pasillos del consultorio con esa alegría innata que te caracteriza. Saltabas entre globos y nubes de colores con ansias de juego. Hasta que el llanto de un niño cambió tu rostro. Me viste a los ojos en busca de respuestas. Sentías que algo iba a suceder. Pero seguiste adelante, como sueles hacer cuando me tomas de la mano y me dices a donde ir. Después de unos minutos llamaron tu nombre. Tomé un poco aire y te cargué en brazos a un cuarto más blanco y estrecho. Cuando la enfermera mostró las vacunas, el miedo te invadió de nuevo. Quizá pensaste que el entusiasmo de papá y las paredes coloridas no eran más que el señuelo de una emboscada diseñada para traicionarte.             Dijiste que no. Lo dijiste con tu cuerpo. Quisiste huir, esconderte en mis brazos y yo no pude salvarte. No esta vez que todo lo hacía por tu bien. ​      ...

Emma y el imán de los deseos

  Emma era una hermosa niña de ojos grandes y cejas dibujadas como con plumón que no tenía cosas favoritas. Nada se prendaba a su corazón lo suficiente como para extrañarlo. En la casa, todo giraba como un pequeño universo inestable: juguetes sin hogar permanente, objetos extraviados, rincones que cambiaban de apariencia según su humor. Hasta que un día, todo cambió. Primero fue un cojín sin el que dormir se volvió imposible. Luego una muselina que la seguía a todas partes. Después vinieron los juguetes… e incluso un par de tenis y el joyero de mamá. Sus padres devolvían todo a su lugar mientras Emma dormía: la plancha al vestidor, el sartén a la alacena, la manguera al patio. Por eso, cada mañana, faltaban muchas cosas que por la noche habían estado ahí. Y quizá por eso empezó a reclamarlas. —¡Mío! —decía apenas tocaba algo. —¡No, es mío! —gritaba si intentaban sacar algo de su cuna. Fue entonces cuando sus padres descubrieron algo imposible: al despertar, todo lo ...

Ayer te vi desafiar la gravedad

              Ayer te vi desafiar la gravedad del resbaladero de metal. Mirabas fijamente la cima con una idea revolucionaria en mente y no importó que la superficie entera estuviera hecha de hielo: pusiste tus pies de calcetines rosas sobre el frío para comenzar con tan arduo camino. Yo iba detrás de ti, con una mano en tu cintura y la otra atenta a todos tus movimientos, pero en secreto; no quería interrumpir tu concentración. Diste un paso sobre la pendiente, luego otro y de pronto volviste al lugar del que habías partido con un pequeño resbalón. Entendiste entonces que no sería fácil, pero eso solo lo hizo más atractivo. Ajustaste la posición de tu cuerpo, afinaste la concentración y empezaste de nuevo.             Cuando ibas a mitad del camino me buscaste a tu costado, me lanzaste el esplendor de tu mirada y me gritaste a todo pulmón: -¡Vamos, papá, vamos! -Vamo...

No existe cura

  Ayer te vi muy enferma. Lo venía sospechando desde hace días. Lo notaba en tu voz que de pronto parecía haberse atorado en una sola palabra, como si todo tu mundo hubiera decidido reducirse a eso: “papá”. Lo dices hasta cuando no es a mí a quien llamas, como si la palabra hubiera aprendido a andar sola y se te escapara del corazón antes de poder dedicarla. Lo sospechaba porque en las mañanas, cuando despiertas, tu primera certeza era buscarme, nombrarme, y luego llorar con tristeza porque me he ido antes; porque debo trabajar. Anoche llegaste así, intempestiva, urgente, con los brazos llenos de juguetes y el alma llena de mí. “Papá, papá, vamos, papá”, decías como en una orden. Y yo que trastabilleo aunque sea por un segundo entre quedarme contigo y cumplir con el mundo, tardé más de lo que debía. Accedí a todos tus caprichos mientras buscaba mis zapatos, mientras cerraba lo que hacía, mientras me convertía de nuevo en nada más que tu padre, pero tú no sabes esperar, no a tu ed...

Empieza contigo

  Solíamos pensar que lo sabíamos todo, que bastaba con estar, con murmurarnos frases incompletas en la penumbra, metidos en un cuarto tan pequeño que solo cabíamos tu madre y yo y esa forma tan propia de entendernos sin testigos. Éramos tiranía, éramos anarquía, donde los caprichos asumían el poder y un par de enamorados seguían a tientas por un camino estrecho de gustos ensimismados y un placer melifluo al que llamábamos destino. Y entonces llegaste tú. No como una interrupción, sino como una revelación. Como si el amor, aquel que creíamos consumado, retornara a las raíces mismas del lenguaje como una burda palabra desgastada por la usanza. Entonces el centro ya no éramos nosotros y amar significaba soltarnos de la mano para abrazarte a nuestro pecho como si la vida misma dependiera de ello. No la mía, la de tu madre o siquiera la tuya: La vida. Esa que ahora susurra un conjuro que nadie entiende pero al que todos ceden desde tu cuna rosada. Parece imposible que haya ha...

Emma y el lenguaje secreto

  Cada noche, Emma se acurrucaba en su cuna con ganas de imaginar un poco antes de dormir. Se quedaba largos minutos con los ojos dispuestos al asombro y en la boca un soliloquio lleno de emociones cansadas. Hablaba sin parar, no a sus padres, ni a sus juguetes, ni siquiera a la noche; hablaba con el aire, en una lengua que no pertenecía a ningún mapa. Sus palabras se elevaban como fuegos artificiales: algunas estallaban en risas, otras caían hondas, pensativas, como si la niña meditara misterios que no lograba solucionar. El monitor en el cuarto de los padres reproducía aquel murmullo en ocasiones durante horas. Ellos escuchaban con una ternura ingenua, convencidos de que así crece el lenguaje: balbuceando fugacidades. Emma, que aún no cumplía dos años, corría por la casa como un pequeño vendaval, inventando reglas, afinando caprichos, conquistando el mundo paso a paso. Hasta que una noche el silencio ya no fue silencio. Entre frase y frase apareció otro susurro —apenas un h...