No existe cura
Ayer te vi muy enferma. Lo venía sospechando
desde hace días. Lo notaba en tu voz que de pronto parecía haberse atorado en
una sola palabra, como si todo tu mundo hubiera decidido reducirse a eso:
“papá”. Lo dices hasta cuando no es a mí a quien llamas, como si la palabra
hubiera aprendido a andar sola y se te escapara del corazón antes de poder dedicarla.
Lo sospechaba porque en las mañanas, cuando despiertas, tu primera certeza era
buscarme, nombrarme, y luego llorar con tristeza porque me he ido antes; porque
debo trabajar.
Anoche llegaste así, intempestiva, urgente, con
los brazos llenos de juguetes y el alma llena de mí. “Papá, papá, vamos, papá”,
decías como en una orden. Y yo que trastabilleo aunque sea por un segundo entre
quedarme contigo y cumplir con el mundo, tardé más de lo que debía. Accedí a
todos tus caprichos mientras buscaba mis zapatos, mientras cerraba lo que
hacía, mientras me convertía de nuevo en nada más que tu padre, pero tú no
sabes esperar, no a tu edad.
Tu madre se ofreció
a ocupar mi lugar, pero tú no volteaste, no aceptaste la oferta como nunca la
aceptas cuando ya te enfocaste en eso que quieres. “Papá, papá, vamos, para allá”,
aunque el allá no exista y sea solo un lugar que inventas sobre la marcha, un
espacio donde lo único necesario soy yo a tu lado mientras inventas algo qué
hacer.
Cuando al fin me puse de pie, gritaste de alegría, corriste hasta la sala y
tomaste los arcos de madera que tanto te encanta apilar para gritar: “Arcoíris”
apenas terminas. Luego me llevaste hasta donde estaba tu pelota rosa, la
pateaste con una sincronía extraordinaria y celebraste el gol imaginario que
acababas de anotar. Después de eso, terminé buscando una pequeña pelota que no
te cansabas de lanzar bajo los sillones.
No querías parar. Sabías que a la más mínima
pausa, yo me escapo de vuelta al trabajo, a esa otra vida que no entiendes. Entonces
usas todo lo que tienes. Tu insistencia que no acepta el no. Esa voz tuya, a
veces dulce, a veces demasiado grave para alguien tan pequeña. Tus sonrisas,
tus gritos y también tus lágrimas de cuando se ha hecho demasiado tarde y tenemos
que ir a dormir.
Y yo te miro y pienso
—te lo digo ahora, aunque solo exista en este pensamiento— que sí, que estás muy
enferma, amor, que tienes papitis y lo único que me duele es saber que eso se
cura. Que un día, sin avisar, dejarás de llamarme así, con esa urgencia, con
esa necesidad absoluta. Un día ya no seré ese “para allá” indefinido donde todo
empieza y tendrás otros nombres en la boca, otros destinos en la mente, otras
manos que buscar. Y yo… yo voy a seguir aquí, con esta otra enfermedad que no
se va. Porque si tú tienes papitis, yo tengo algo peor; yo tengo hijitis, y para
eso, mi amor, no existe cura.
Comentarios
Publicar un comentario