Emma y el imán de los deseos

 

Emma era una hermosa niña de ojos grandes y cejas dibujadas como con plumón que no tenía cosas favoritas. Nada se prendaba a su corazón lo suficiente como para extrañarlo.

En la casa, todo giraba como un pequeño universo inestable: juguetes sin hogar permanente, objetos extraviados, rincones que cambiaban de apariencia según su humor.

Hasta que un día, todo cambió.

Primero fue un cojín sin el que dormir se volvió imposible. Luego una muselina que la seguía a todas partes. Después vinieron los juguetes… e incluso un par de tenis y el joyero de mamá.

Sus padres devolvían todo a su lugar mientras Emma dormía: la plancha al vestidor, el sartén a la alacena, la manguera al patio. Por eso, cada mañana, faltaban muchas cosas que por la noche habían estado ahí.

Y quizá por eso empezó a reclamarlas.

—¡Mío! —decía apenas tocaba algo.

—¡No, es mío! —gritaba si intentaban sacar algo de su cuna.

Fue entonces cuando sus padres descubrieron algo imposible: al despertar, todo lo que habían guardado estaba de regreso con Emma.

Primero creyeron estar soñando. Luego pensaron que la niña se escabullía durante la noche, atravesando puertas y candados. Pero no había forma.

A la noche siguiente, Emma los descubrió alejándose con algunas cosas en las manos y se sintió traicionada.

—¡No! ¡Es mío! ¡Es mío! –gritó.

Entonces, la olla, el portarretratos de la abuela y la llanta del triciclo vibraron con una fuerza extraña y salieron disparados por los aires hasta caer en su cuna. Emma, satisfecha, se durmió al instante.

No lo podían creer. ¿Cómo era posible que su hija hubiera despertado una magia que nadie conocía?

Querían respuestas.

Esa misma noche, se acercaron de nuevo mientras Emma dormitaba. Tomaron un par de objetos y la niña levantó la cabeza.

—¡No, no, no! ¡Son míos! –dijo de nuevo.

Y como si los objetos mismos fueran los de esa traición, todo volvió volando a su sitio, acomodándose a prisa alrededor de ella.

Perplejos, pero también fascinados, comenzaron a probar con distintas situaciones: Le quitaron su cuchara y regresó sola al plato. Escondieron su patito en el baño y pronto flotaba otra vez en la tina.

Bastaba con que Emma reclamara algo para que jamás se apartara de su lado y, como podrán imaginar, los problemas no tardaron en llegar.

La televisión cruzaba la casa hasta la cuna. Las mascotas, mareadas, aparecían de pronto acurrucadas junto a ella sin entender cómo habían llegado.

Sus padres intentaron imponer límites, pero fue peor.

La alacena se vació entera. Las lámparas no tenían focos. Y hasta el auto de papá tuvo que esconderse antes de que ocurriera una tragedia.

Pronto, Emma vivía sepultada bajo una montaña de cosas, y llegar hasta ella se volvió una aventura peligrosa.

Cansados de la guerra, sus padres intentaron enseñarle.

Le explicaron que una pizza tiene ocho rebanadas para que todos coman. Que necesitaban los sartenes para hacerle un huevito. Que sin el control remoto no podrían poner sus caricaturas favoritas.

Y Emma entendió.

Aprendió que no hacía falta poseerlo todo para disfrutarlo. Que bastaba con compartir.

Volvió la calma por días, semanas y meses.

Hasta que un día, sus padres salieron en la televisión.

Emma estaba en casa con sus abuelos cuando una joven reportera, emocionada, escuchaba a sus padres hablar de lo maravillosa que era su hija y sin sospecharlo:

—¡Ay, ojalá fueran mis padres! —exclamó.

Emma no lo dudó.

—¡No! ¡Son míos! ¡Son míos! —gritó molesta.

En ese instante, las sillas del estudio vibraron. Los padres de Emma se elevaron en el aire… y salieron disparados, desapareciendo en el horizonte.

Desde entonces, la casa está rodeada de reporteros que aún no saben qué pasó, y de vez en cuando los padres de Emma se asoman a devolver una cámara o un micrófono en especial bonito que alguien reclamó.

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