No existe cura
Ayer te vi muy enferma. Lo venía sospechando desde hace días. Lo notaba en tu voz que de pronto parecía haberse atorado en una sola palabra, como si todo tu mundo hubiera decidido reducirse a eso: “papá”. Lo dices hasta cuando no es a mí a quien llamas, como si la palabra hubiera aprendido a andar sola y se te escapara del corazón antes de poder dedicarla. Lo sospechaba porque en las mañanas, cuando despiertas, tu primera certeza era buscarme, nombrarme, y luego llorar con tristeza porque me he ido antes; porque debo trabajar. Anoche llegaste así, intempestiva, urgente, con los brazos llenos de juguetes y el alma llena de mí. “Papá, papá, vamos, papá”, decías como en una orden. Y yo que trastabilleo aunque sea por un segundo entre quedarme contigo y cumplir con el mundo, tardé más de lo que debía. Accedí a todos tus caprichos mientras buscaba mis zapatos, mientras cerraba lo que hacía, mientras me convertía de nuevo en nada más que tu padre, pero tú no sabes esperar, no a tu ed...