Emma y el lenguaje secreto

 

Cada noche, Emma se acurrucaba en su cuna con ganas de imaginar un poco antes de dormir. Se quedaba largos minutos con los ojos dispuestos al asombro y en la boca un soliloquio lleno de emociones cansadas.

Hablaba sin parar, no a sus padres, ni a sus juguetes, ni siquiera a la noche; hablaba con el aire, en una lengua que no pertenecía a ningún mapa. Sus palabras se elevaban como fuegos artificiales: algunas estallaban en risas, otras caían hondas, pensativas, como si la niña meditara misterios que no lograba solucionar.

El monitor en el cuarto de los padres reproducía aquel murmullo en ocasiones durante horas. Ellos escuchaban con una ternura ingenua, convencidos de que así crece el lenguaje: balbuceando fugacidades.

Emma, que aún no cumplía dos años, corría por la casa como un pequeño vendaval, inventando reglas, afinando caprichos, conquistando el mundo paso a paso. Hasta que una noche el silencio ya no fue silencio.

Entre frase y frase apareció otro susurro —apenas un hilo— que permanecía flotando un instante antes y después de su voz. Buscaron explicaciones en la ventana, en la estática y la electricidad, en algún aparato olvidado. Pero al entrar al cuarto solo hallaban a Emma mirando lo invisible, entregada a su conversación interminable.

El misterio viajó con ellos meses después, rumbo a Oaxaca. Allí, mientras la ciudad se abría en caminos inesperados, Emma cruzó la mirada con un niño que apenas rozaba los tres años. Bastó ese instante para que la niña pronunciara unas palabras incomprensibles para sus padres y, sin embargo, el niño respondió. Primero con timidez. Luego con fluidez.

Emma gritó de alegría, cautivada por esa nueva amistad instantánea, y lo invitó a acercarse con una andanada de frases. El pequeño le siguió, deteniéndose frente a ella con unas palabras que solo Emma pareció comprender.

Los padres del niño, al ver la mirada curiosa de la familia de Emma, se apuraron a traducir las palabras de su hijo:

-Dijo hola, Emma, yo me llamo Mateo.

Los padres de Emma se sorprendieron pues nadie le había dicho su nombre.

Supieron entonces que aquel idioma era ixcateco, una lengua en peligro de desaparecer y se preguntaron cuáles eran las probabilidades de que su hija hubiese inventado un lenguaje que sonara tan similar al de aquel amiguito de Oaxaca.

Se despidieron entre sonrisas y anécdotas, pero la pregunta viajó con ellos.

Meses después, en Veracruz, una fiesta tradicional volvió a encender el prodigio. Varias voces hablaron con Emma en oluteco —otra lengua mínima, sostenida por apenas medio centenar de gargantas— y otra vez la niña respondió como quien abre una puerta conocida.

Los padres de Emma volvieron conmocionados de ese segundo viaje. ¿Será posible que Emma pudiera hablar un lenguaje tan similar a dos lenguas tan distantes una de la otra? ¿Serán eso los murmullos que escuchan cuando más ponen atención antes de dormir?

La respuesta los aguardaba en Perú. Un guía les presentó a uno de los pocos que hablaban el chamicuro, un idioma al borde del silencio definitivo y mientras los adultos conversaban, Emma alzó la voz:

—Aka’yali kaini.

El hombre giró de inmediato, como si alguien hubiera pronunciado su verdadero nombre, y se acercó divertido hasta la niña:

—Ishaka chami —contestó, sonriendo.

La risa de Emma iluminó el lugar. Hablaron hasta que el sueño la venció, y en aquel diálogo breve pareció respirarse algo antiguo, como si dos orillas del tiempo se hubieran tocado.

Desde entonces, los murmullos continúan. Emma crece —ya dueña de un español perfecto— pero cada noche vuelve a confiarle secretos al viento. Sus padres han dejado de preguntarse con quién habla. Prefieren creer que su hija es una bóveda diminuta, una guardiana involuntaria de palabras que el mundo está olvidando, que tal vez un día comprenda que esas voces la eligieron y cuando eso ocurra, quizá enseñe a otros a pronunciarlas de nuevo, para que no mueran.

Porque hay lenguas que desaparecen en el ruido del mundo y otras que, para sobrevivir, deciden aprender a volar en la imaginación de una niña.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Emma y el temible sacamocos

Emma y el imán de los deseos

Emma y el número innombrable