Anoche saliste corriendo
Anoche saliste
corriendo. Estábamos juntos los dos en la cocina y yo solo quise ayudarte,
apenas un gesto mínimo, acomodarte la ropa para que no tropezaras mientras
jugabas, para protegerte de los peligros invisibles que en mi mente acechan a
aquellos que más amo. Pero tú, que pensabas que quería arrebatarte algo de las
manos, me miraste con una mezcla de sospecha y determinación que suele
anunciarme tu huida… y te fuiste.
Soltaste un “ño”
y te alejaste con una torpeza hermosa. Era tu forma de decirme que podías sola,
que sabías perfectamente lo que hacías y hasta el tropiezo mismo era todo tuyo.
Trastabillabas con cada paso y aunque tu cuerpo se tambaleaba como si aún no
entendiera del todo su peso, había en ti una felicidad pura, casi salvaje, de
quien descubre que puede desafiar la ayuda de quien ama.
Te escondiste en
un rincón, convencida de que habías evitado un correctivo, de que estabas a
salvo de aquello que con el tiempo aprendiste a adivinar de mis gestos. Luego te
quedaste en silencio, analizando con atención absoluta aquel objeto que
protegías como a tu vida, como si se tratara de un tesoro antiguo que pudiera
ser tuyo sin necesidad de pedirlo.
Pero yo no iba
por eso. Iba por ti. Para rozar tu cabello, para abrazarte cerca e inventarme
una excusa para quedarme contigo por un poco más. Y es que te amo tanto que te
extraño aunque no quepan unos centímetros de aire entre los dos.
Entonces te
aviso –casi en un grito- que te voy a atrapar. Es un lenguaje secreto entre
nosotros que reconoces por el tono de mi voz, por el temblor que se libera
cuando está por comenzar el juego. Tu cuerpo se tensa, tus ojos se agrandan, te
das la vuelta con un sobresalto y sales corriendo a toda velocidad.
Yo te sigo
detrás, sin prisa, midiendo el espacio que nos separa como se sigue el compás
de la música. Doblas en la esquina, pierdes el equilibrio, lo retomas con
pericia y tu risa estalla; se convierte en un grito breve, limpio, que vibra por
toda la casa. Volteas apurada, me buscas con los ojos y vuelves a correr.
Todo es un equilibrio
sutil entre el miedo y la dicha. Entre ser alcanzada y seguir libre. Entre rendirte
y dejarte atrapar. Y cuando aliviada te refugias en un rincón, convencida de
que me has perdido, me descubres ahí, detrás de ti, puntual a nuestra cita acordada
en este mismísimo instante.
Y por un momento
el mundo se detiene: el roce del aire, tu cara de sorpresa, mis brazos
abiertos. El abrazo es inevitable y entre risas y gritos de un delirio
exquisito, giramos uno alrededor del otro. Solo entonces dejas que me acerque y
yo te doy un beso, te aprieto contra mi pecho y te digo cuánto te amo. Luego me
pides que te deje libre otra vez y te suelto en el suelo para volver a empezar.
Es en ese
instante —cuando el juego se reinicia y la risa se confunde con tu respiración—
que entiendo que nunca buscabas ganar, que lo que esperabas desde el principio
era esto: mi sonrisa, mi amor, ese refugio breve donde una caricia se vuelve la
confianza en ti que siempre me pides justo antes de salir corriendo.
Comentarios
Publicar un comentario