Emma y la fábrica de imágenes
Emma era una
niña de poco menos dos años de edad, de cabello ensortijado, tez blanca, y los
ojos vivos y redondos, enmarcados por un par de cejas gruesas, como trazadas con
plumón de aceite. Emma disfrutaba mucho charlar con sus padres, con sus
juguetes, correr por toda la casa, subir escaleras, incluso bailar, pero por
sobre todas las cosas, amaba el televisor. Era tanta su alegría de verlo que apenas
el amanecer tanteaba el horizonte, cuando la luz del sol no atravesaba las
cortinas, su voz se alzaba clara, urgente, imperiosa: ¡Koté! ¡Koté! ¡Isa! ¡Booba!
¡Booba!
Era su modo de empezar
el día junto a esos seres luminosos que habitaban la pantalla. No lloraba ni
pataleaba: solo pronunciaba sus nombres una y otra vez, por lo que se sentían
como horas, hasta que, sin más remedio, el mundo terminaba por ceder a su
cantinela. Entonces bastaba con el primer destello azul del televisor o el eco
lejano de una canción infantil para verla atravesar la casa entera para
reencontrarse con aquellos pequeños seres de colores que tanto amaba.
Sin duda la televisión se trataba de su primera obsesión, antes que los
brazos de su madre o los juegos de su padre. No podía dormir sin ver una última
aventura, sin contar autos, repetir colores o anticipar las frases de sus
personajes favoritos, al grado de que una vez que la mandaban a dormir y se
apagaban todas las luces de la casa, cuando sus padres dormían profundamente,
Emma se bajaba de la cuna, caminaba de puntillas, tomaba el control remoto y
encendía el televisor acurrucada en la penumbra y en más de una madrugada la
descubrieron dormida en el suelo, envuelta en el resplandor azul de la pantalla.
Entonces empezó una lucha entre padres e hija y cuando le quitaron las
baterías al control remoto, Emma abrió sus juguetes con la precisión de una
pequeña ingeniera, extrajo las pilas y las colocó en su sitio, triunfante. Cuando
desconectaron el internet, rastreó los cables como un sabueso de luz hasta encontrar
el router, y lo encendió. Y cuando,
desesperados, bajaron el interruptor general de la energía eléctrica de la
casa, la niña —de alguna forma que nadie logró descifrar— lo volvió a subir.
Intentaron todo:
el parque, el zoológico, el cine, los cuentos antes de dormir, el olor dulce de
la harina y el azúcar en la cocina, pero nada conseguía arrancarla del
televisor. Emma siempre volvía, como si una fuerza invisible la reclamara, fiel
a su altar brillante, donde el mundo era color, música y movimiento perpetuo.
Hasta que un día
su padre, que era gran aficionado de la fotografía, tuvo una idea. Tal vez,
pensó, enseñarle una pasión más podría reducir el tiempo que la niña pasaba
ansiando ver caricaturas.
Entonces tomó su
cámara y le enseñó el arte de atrapar instantes para siempre. Primero
capturaron una fotografía de la niña —pues a Emma le fascinaba verse reflejada
hasta en la pantalla del televisor—; luego intentaron con una fotografía de su
padre, otra de su madre y después de los perros que dormían al sol. Al
principio observaban las imágenes en la pequeña pantalla de la cámara,
maravillados por ese otro tipo de luz, más íntima, más real. Luego decidieron
imprimirlas, y juntos comenzaron un álbum al que llamaron “Las aventuras de
Emma y su familia”: un libro donde cada página parecía guardar un pedacito vivo
del tiempo.
El intento,
contra todo pronóstico, funcionó. Emma seguía mirando la televisión, sus héroes
seguían ahí, girando y cantando dentro de la caja luminosa, pero algo nuevo
comenzaba a brillar detrás de sus ojos. Cuando su padre la invitaba a salir a
tomar fotos, ya no dudaba: corría por la cámara con la misma prisa con que
antes buscaba el control remoto.
Al principio,
las fotos eran torpes, temblorosas, pero aun así, estaban llenas de vida, como
aquella de su madre riendo a contraluz, la de los perros con la lengua afuera esperando
su plato de comida, o su favorita: esa del vecino que barría las hojas del
árbol de pingüica e hizo una pequeña pausa para saludar a la fotógrafa. Poco a
poco los álbumes se llenaron de rostros, animales, amigos y hasta desconocidos
que la niña encontraba por las calles y convertía en personajes de su pequeño
universo.
Con el tiempo, Emma
aprendió a usar la cámara sin la ayuda de su padre. Fue en ese momento que cada
rincón de la casa se volvió un escenario: el osito que dormía dentro de una
taza de té; el tren que cruzaba un túnel de mantas bajo la mesa; la muñeca que
saludaba al perro desde la ventana abierta. Había encontrado una nueva
pantalla, una donde el mundo cabía entero, no para mirarlo pasar, sino para
inventarlo de nuevo con cada disparo.
Hasta que una tarde, mientras hojeaba sus álbumes, Emma sintió una chispa
distinta encenderse en su mente. Las páginas se abrían como ventanas: su madre,
su padre, los perros, el osito en la taza, la muñeca en la ventana… todo
parecía moverse bajo sus dedos, como si el papel se renovara con cada instante.
Entonces lo comprendió. Si tomaba muchas fotos, una detrás de otra, podría
hacer que las cosas volvieran a vivir, que caminaran, que hablaran.
La idea la desbordó. Corrió por la casa con la cámara colgando del cuello y
empezó su primer experimento de cine: el tren que circundaba la mesa, el osito
que despertaba para saludar al sol, la muñeca que bailaba al ritmo de la música
de la radio. Foto tras foto, Emma descubrió que las imágenes le contaban una
historia si uno las miraba en secuencia.
Ahora pasaba las tardes organizando sus álbumes cuadro por cuadro, riendo
sola mientras los juguetes cobraban vida bajo su mirada. Había nacido su
pequeño estudio de cine: un universo hecho de paciencia y mucha imaginación.
Sus padres, encantados, la observaban trabajar. Había algo nuevo en su
silencio: ya no era la hipnosis azul de la televisión, sino la concentración
luminosa de quien crea. Preferían verla así, inventándose un mundo, que verla hipnotizada
por un personaje que hacía lo mismo una y otra vez sin principio ni fin.
La niña lo filmaba
todo: cuando sus padres charlaban en la cocina, el vapor que escapaba de las
ollas como las nubes más blancas de después de llover; a los abuelos que
discutían cuál era su comida favorita; a las hormigas que marchaban en fila sobre
el patio como un ejército diminuto. Cada gesto, cada sombra, cada destello era
una historia esperando su turno.
Luego, primero
con su padre y más tarde a solas, pasaba horas frente a la computadora,
editando sus películas con la devoción de quien borda un tapiz. Añadía música,
títulos, transiciones; pronto salieron a la luz producciones como: “La invasión
de los mosquitos”, “El día que el perro vomitó”, “La sopa de cosas raras”. Y
cuando caía la noche, organizaba pequeñas funciones familiares: apagaban las
luces, bajaban las cortinas, y Emma proyectaba sus creaciones sobre la pared blanca
de la habitación.
Sus padres observaban
conmovidos, como si presenciaran algo sagrado. En la penumbra comprendían que
estaban criando, sin haberlo planeado, a una pequeña cineasta que filmaba para elaborar
la magia que antes solo asimilaba.
En su cumpleaños
número tres, Emma quiso celebrar con una película. Pasó días preparando su gran
función. Invitó a sus primos, a los hijos de los amigos de sus padres e incluso
insistió en que sus peluches tuvieran asiento reservado.
Cuando cayó la noche,
después de apagar las velas del pastel y servirles a todos un poco con un poco
de chocolate caliente, la sala se oscureció, el proyector encendió su ojo
brillante, y sobre la pared comenzó a reproducirse su última creación. En la
película, los juguetes caminaban entre las patas de los perros, servían el té, jugaban
sin cesar, y los adultos los percibían como parte de la familia, aunque fuera
una muy pequeñita y hecha enteramente de plástico suave. Contaba la historia de
una hermosa muñeca rubia que a fuerza de empujones y pequeñas lecciones de
vida, tenía que aprender a compartir.
Cuando la
proyección terminó, hubo un fuerte aplauso llenó la casa por un buen rato. Emma
se dejó abrazar de nuevo y no paró de sonreír desde el momento en que vio que a
todos ahí les había encantado su trabajo.
Sus padres tuvieron
que contener las lágrimas y de entre los regalos, su padre sacó la primera
cámara de video de su hija. Emma agradeció el gesto preguntando qué era ese
extraño aparato y todos rieron con ella.
Aquella noche la
larga guerra contra la televisión había terminado. La pantalla, que alguna vez la
separó de sus padres, ahora los unía bajo la misma luz, esa que Emma había
aprendido a reinterpretar para hacerla suya, pero justo cuando las risas se
apagaban y los dulces salían de sus envolturas, la niña anunció una segunda
función:
—¡Y ahora... una
película chistosa! –dijo con ceremonia.
El proyector
volvió a parpadear y entonces comenzaron las sorpresas. Su padre apareció
envuelto en la toalla y cantando en el baño, entonando una canción imposible
para él; desafinado pero feliz. Luego su madre, después de un pequeño susto de
su niña, lanzaba por los aires una cazuela entera de palomitas que caía como
lluvia dorada sobre el piso. Y después, los abuelos bailaban en la soledad
cuando pensaban que nadie los veía.
El público entero
estalló en carcajadas. Niños y adultos aplaudían al unísono y luego se volvían
a reír con un nuevo bochorno a cargo de sus perros o los imprevistos de la
rutina del día. Sus padres, un poquito avergonzados, pero felices, celebraron
aquel divertido final.
Emma, sin
siquiera notarlo, les había revelado su secreto: La niña nunca había renunciado
a la televisión en realidad, se la había llevado consigo y en esa quietud
luminosa que solo tienen los creadores al ver completada su obra, había
aprendido que su historia favorita no estaba en el televisor con un millar de personajes
que no conoce, sino en su propia casa, donde a diario trabaja en su más
ambicioso proyecto junto a sus padres, sus abuelos y hasta sus perros: el
nacimiento de un nuevo hogar.
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