¡Ay, ño!
Había una vez
una niña de mejillas redondas y sonrosadas, con ojos tan grandes que parecían
contener secretos de reina antigua. Se llamaba Emma, y aunque apenas comenzaba
a pronunciar sus primeras palabras, ya guardaba entre labios un poder secreto: una
diminuta frase que la convertía, sin remedio, en dueña del mundo.
Dicha frase era:
“Ay, ño.”
Con ella podía
torcer el destino de los días, mover a su antojo a padres, tíos, abuelos y
hasta al doctor que la cuidaba con paciencia. Bastaba que Emma arrugara la
frente, cruzara los bracitos y soltara su conjuro: —Ay, ño.
Si su mamá le
acercaba la cuchara llena de verduras verdes como prados lluviosos, Emma
fruncía la boca y dictaba sentencia:
—Ay, ño.
Si el abuelo la
invitaba a pasear en brazos por el jardín, donde revoloteaban mariposas
amarillas y el aire olía a bugambilias recién abiertas, ella negaba con
solemnidad de emperatriz:
—Ay, ño.
Y cuando el
doctor la pesaba, le medía la temperatura o le pegaba en la frente una
estrellita dorada por portarse bien, Emma repetía sin descanso:
—¡Ay, ño! ¡Ay,
ño! ¡Ay, ño!
Todos, por amor,
cedían ante sus caprichos. Mamá cambiaba verduras por frutas dulces; el abuelo,
en vez de cargarla, le dejaba correr descalza sobre el mosaico fresco; y el
doctor suspiraba rendido, mirando a los padres con la esperanza de que la
ayudaran a terminar su labor. Así, Emma reinaba en su pequeño imperio de mimos
y sonrisas satisfechas.
Pero un día
ocurrió algo extraordinario. Su tío José Luis, que celebraba su cumpleaños,
sostenía entre las manos un pastel recién horneado, cubierto de betún de
colores y perfumado a chocolate. Emma corrió hacia él, con ojos brillantes.
—¿Quieres un
pedacito? —le preguntó su tío, ofreciéndole el tesoro esponjoso.
Emma abrió la
boca lista para pronunciar su palabra mágica, esa que siempre la salvaba. Pero
el aroma cálido del pan y el brillo alegre del betún le hicieron titubear. Y
entonces, de su boca salió no un “ay, ño”, sino un pequeño y tembloroso “sí”.
¡Y qué milagro!
El pastel se derritió en su lengua como si fuera pura música. Y con aquel
mordisco, Emma descubrió que el “sí” también escondía maravillas: caramelos de
risa que se repartían en la sala, canciones de cuna que llegaban más dulces,
abrazos que parecían no terminar nunca, juegos secretos en el parque, e incluso
una lluvia de aplausos cuando bailó torpemente para toda la familia.
Decir “sí” era
como abrir puertas invisibles a jardines desconocidos. Y Emma, durante días,
fue feliz dejando entrar aquel torrente de sorpresas que la colmaban de ternura
y alegría.
Pero una noche,
cuando la casa estaba llena de música, de voces cantando y platos repiqueteando
de fiesta, sus padres decidieron que ya era hora de dormir. La acostaron en su
cuna, le dejaron un biberón tibio y apagaron la luz mientras la fiesta seguía
al otro lado de la pared.
Emma los miró
alejarse y entonces, astuta como un hada que conoce todos los encantamientos,
se incorporó entre las sábanas, levantó su dedito al aire y, con voz firme y
solemne, pronunció su antigua palabra mágica:
—¡Ay, ño!
Los padres se
miraron entre sí, sorprendidos. Intentaron convencerla, mecerla, cantarle… pero
Emma no cedió. Una y otra vez repetía su conjuro invencible. Al final, sin más
remedio, la llevaron a la fiesta, donde pasó la noche de brazo en brazo,
rodeada de risas, música y besos.
Y así comprendió
Emma, la pequeña emperatriz de cachetes redondos, que el “sí” podía regalarle
tesoros de felicidad; pero que el “ay, ño” seguía siendo su corona, su llave de
mando, el pequeño trono desde el cual reinaba con dulzura y picardía sobre
todos los que la amaban.
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