Emma y la palabra mágica
Había una vez una
pequeñita de mejillas sonrosadas y mirada curiosa llamada Emma que tenía apenas
año y medio, pero ya parecía querer descubrir todos los secretos del mundo.
Un día, mientras
jugaba en la alfombra con sus bloques de colores, su mamá se inclinó hacia
ella, le acarició el cabello ensortijado, le dio un trocito de sandía, su fruta
favorita, y le dijo con voz dulce:
—¿Cómo se dice, mi
amor? Se dice: Gra-cias. Un día verás que decir gracias es mágico, mi amor, y
que siempre te abre muchas puertas.
Papá, que lo veía
todo desde la cocina, asintió conmovido, como si al igual que la niña escuchara
una gran revelación.
Pasó el tiempo y Emma
seguía aprendiendo nuevas palabras, aunque ninguna tan especial como la que sus
padres querían enseñarle. Cada vez que le daban su biberón, le alcanzaban su
osito de peluche favorito o le ayudaban a ponerse los zapatos, ellos sonreían y
repetían despacio, con perfecta dicción y entonación clara:
—Gra-cias.
Lo hacían como si
estuvieran compartiendo el legado de la familia, esperando que algún día la
pequeña la pronunciara y descubriera su poder. Pero Emma, en lugar de repetir,
solo parpadeaba con sus enormes ojos brillantes y sonreía tímidamente… aunque
la mayoría de las veces seguía jugando como si nada.
Sus padres no se rendían.
Repetían y repetían, seguros de que, tarde o temprano, la palabra se abriría
paso en la boca y con ello en el corazón de su hija. Hasta que al fin, después
de muchos intentos y repeticiones, llegó el momento. Emma, con sus pequeños
rizos despeinados y la cara ligeramente enrojecida por el calor, se acercó
arrastrando sus piecitos hasta la cocina.
—Agua… —pidió, con
esa voz pequeñita que apenas alcanzaba a pronunciar las sílabas.
Su mamá le sirvió un
vasito y Emma lo tomó con ambas manos, bebiendo con avidez hasta la última
gota. Aún con los labios húmedos y brillantes, y un suspiro de alivio,
pronunció por primera vez, suave como un soplo:
—Gashas…
Fue una palabra
diminuta, pero sonó como campanitas en medio del silencio de la casa. Y
entonces ocurrió:
Con un leve clic y un
susurro de bisagras, todas las puertas de la sala se abrieron de par en par: la
puerta principal dejó entrar un hilo de luz dorada, las vitrinas se desplegaron
como invitando a mirar sus tesoros, y hasta el pequeño buró del rincón, donde
papá escondía las galletas de chocolate, quedó completamente expuesto.
Papá y mamá se
quedaron inmóviles, los ojos muy abiertos, como si no supieran si aplaudir o
salir corriendo.
—Emma… —susurró papá—,
¿cómo...se dice?
Ella, sin comprender
del todo la expectación, sonrió y volvió a decir:
—Gashas.
De inmediato, como si
alguien invisible hubiera tirado de todas las manijas al mismo tiempo, se
abrieron las puertas de toda la casa: los cuartos, la cocina, el baño… incluso,
en la distancia, se escuchó el clac de los seguros de los autos en la cochera. Era
como si la palabra hubiera despertado un poder dormido que solo Emma poseía.
Aunque al principio
sus padres estaban encantados de que su pequeña tuviera un don tan
extraordinario, pronto el regalo se convirtió en un pequeño desastre cotidiano.
Emma, con la
inocencia de quien no imagina peligros, daba las gracias y de inmediato la
puerta del auto se abría de par en par, incluso cuando iban en plena carretera
rumbo al supermercado, obligando a papá a frenar con un susto que le aceleraba
el corazón.
En la calle la magia
no descansaba. Bastaba que alguien le regalara una sonrisa o le devolviera un
juguete caído para que Emma pronunciara la palabra mágica y de pronto se
abrieran las puertas de tiendas, restaurantes o edificios de oficinas,
sorprendiendo a transeúntes y guardias de seguridad.
Pero el momento más
alarmante llegó un jueves por la mañana. Paseaban por el centro de la ciudad
cuando, sin esperarlo, su padre se subió en hombros a la niña y Emma dijo
“gracias” justo frente a un gran edificio de piedra. En un segundo, la enorme
puerta acorazada de la bóveda de un banco se abrió con un susurro metálico. Los
empleados, atónitos, se quedaron mirando, incapaces de entender lo que acababa
de suceder, mientras papá, pálido, tomaba a Emma en brazos y mamá fingía que
nada fuera de lo normal pasaba, caminando cada vez más rápido hasta perderse en
la esquina.
A partir de aquel
día, papá y mamá decidieron que la palabra mágica debía manejarse con extrema
precaución. No importaba si estaban en casa, en la calle o en el parque: cada
vez que Emma abría la boca con la intención de pronunciarla, ellos contenían la
respiración y, si podían, distraían a su hija con otra cosa antes de que sus
“efectos secundarios” se desataran.
Pero un domingo
radiante, de esos en los que el sol parece colarse hasta en los bolsillos, Emma
y sus padres paseaban tranquilamente por el parque. El aire olía a pasto recién
cortado y a algodón de azúcar, y el canto de los pájaros se mezclaba con las
risas de los niños que jugaban en los columpios.
Fue entonces cuando,
a unos metros, vieron una escena que parecía sacada de una comedia. Una joven,
con coleta alta y gafas de sol torcidas por el esfuerzo, intentaba meter a
cinco diminutos perritos Yorkshire terrier en el asiento trasero de un auto
color azul brillante. Cada vez que lograba introducir a uno de ellos, otro aprovechaba
para escabullirse por el lado contrario, dando saltitos de felicidad y agitando
su colita como si fuera un estandarte de libertad.
Los perros eran
veloces y escurridizos, y la joven jadeaba, casi doblada por la cintura,
intentando atraparlos uno por uno.
Papá, que observaba
divertido pero también compasivo, se acercó unos pasos y preguntó:
—¿Necesitas ayuda?
La joven se irguió un
instante, con el rostro ligeramente sonrojado y mechones de cabello
escapándosele del peinado.
—¡Sí, muchas gracias!
—exclamó, dejando escapar una risa nerviosa antes de lanzarse otra vez detrás
de un perrito rebelde.
Pero ahí estuvo el
error. Emma, que en los últimos días había dicho la palabra mágica con menos
frecuencia —como si guardara sus poderes para momentos especiales—, escuchó
aquel “gracias” de la joven y algo en su interior se encendió. Abrió los ojos
muy grandes, como si hubiera reconocido a una vieja amiga, y sus labios se
curvaron en una sonrisa que anunciaba travesura.
Sin pensarlo dos
veces, y con la alegría que solo un niño puede tener al compartir un truco
secreto, gritó:
—¡Gashas!
La palabra salió de
su boca clara y luminosa, y en ese mismo instante se escuchó un clac
generalizado seguido del golpeteo metálico de las bisagras. Las puertas del
auto se abrieron de golpe, como si fueran mariposas liberadas por el aire, y
los cinco perritos no dudaron un segundo: salieron disparados hacia el parque,
en una nube de patitas, colas y ladridos agudos.
Papá sabía
exactamente lo que había pasado pero no podía decir nada. Nadie le creería.
Mamá se llevó una mano a la frente y soltó un suspiro resignado. La joven, en
cambio, se quedó con la boca abierta, intentando procesar cómo todos sus
esfuerzos acababan de desmoronarse en un segundo.
Sin mediar palabra,
papá se lanzó a la persecución de los perritos, seguido de mamá, la joven y,
por supuesto, Emma, que corría con sus piernitas cortas más para unirse al
juego que para ayudar realmente. El parque entero parecía haberse convertido en
un improvisado campo de carreras, con los perros zigzagueando entre bancas y
arbustos, y los tres adultos tras ellos como si participaran en una coreografía
caótica.
Después de un buen
rato —y varias carreras improvisadas entre árboles y bancas—, lograron atrapar
a los cinco perritos. La joven, agotada pero aliviada, volvió a meterlos uno
por uno en el asiento trasero del auto. Algunos entraban dócilmente, jadeando
felices; otros se resistían con pequeñas pataditas y giros juguetones,
obligándola a empujarlos con cuidado mientras les hablaba con tono dulce:
—Ya, ya, pequeños…
basta de aventuras por hoy.
Cuando por fin el
último terrier estuvo dentro, la joven se enderezó, resoplando, y comenzó a
cerrar las puertas, que parecían empeñadas en no cooperar. Fue justo en ese
momento cuando Emma, observando la escena con atención y sintiéndose parte
importante de la solución, decidió intervenir.
—¡Gashas! —exclamó
con su vocecita, como si ofreciera la llave de un gran misterio.
En el mismo instante,
se escuchó un ¡clac! seco y contundente: todas las puertas del auto se cerraron
de golpe, sincronizadas como si fueran parte de un truco de magia bien
ensayado.
Dentro, los cinco
perritos quedaron inmóviles por un segundo, mirándose entre ellos con sus
caritas llenas de confusión y curiosidad asomados detrás de la ventana.
Emma, orgullosa de su
hazaña, sonrió satisfecha y, como quien decide añadir un toque final a su obra,
repitió:
—Gashas.
Esta vez, un clic
distinto anunció que los seguros se habían activado. Papá levantó una ceja,
mirando a la joven con una mezcla de disculpa y asombro.
—Vaya… parece que dar
las gracias no solo abre puertas… sino que también las cierra.
Todos rieron,
liberando la tensión del momento, hasta que la joven, de pronto, perdió el
color en un lamento.
—¡Ay, no… dejé las
llaves adentro! —exclamó la joven, llevándose las manos a la cabeza.
Pero no hubo tiempo
de planear una solución. Emma, siempre dispuesta a ayudar y con esa sensación
de orgullo que le daba usar su palabra mágica, se irguió en su cochecito, tomó
aire como si fuera a anunciar algo muy importante y gritó:
—¡Gashas! —a todo
pulmón.
El efecto fue
inmediato: un clac generalizado, todas las puertas se abrieron al unísono… y
con ellas, como un ejército en miniatura, salieron disparados otra vez los
cinco perritos. Sus patitas repiquetearon contra el pavimento y sus colitas
ondearon como banderines de victoria mientras se dispersaban por el parque en
todas direcciones.
La joven soltó un
gemido resignado, pero al menos, en medio del caos, logró rescatar las llaves
del asiento delantero. Con un suspiro que mezclaba alivio y agotamiento, miró a
Emma y murmuró, todavía sin decidir si estaba agradecida o no del todo:
—Muchas gracias,
Emma… creo.
Papá y mamá se
miraron y soltaron una risa nerviosa, sabiendo que explicar lo ocurrido sería
imposible. Y así, con los perritos corriendo libres, la joven persiguiéndolos
de nuevo, y Emma sonriendo inocente como si todo fuera parte de un juego, quedó
claro que para la pequeña, su palabra mágica seguía siendo el mejor truco del mundo.
Fin.
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