Ayer descubrí mi frase favorita

 Ayer descubrí mi frase favorita. La casa descansaba en una especie de quietud manchada de murmullos: Las voces discordes de la televisión, el frío zumbido de la computadora, el diminuto golpeteo de la actividad en tu área de juegos. Yo estaba concentrado –y a la vez tan distraído- en unos cuantos pendientes del trabajo.

 Tú ibas y venías por el cuarto sin cansancio alguno. Trepabas sillones, cocinabas banquetes imaginarios y de vez en cuando aparecías con algún objeto prohibido escondido en las manos, celebrando en secreto esa pequeña victoria contra la vigilancia de los adultos.

 Entonces corriste hacia otra habitación. Te refugiaste en tu corral colmado de juguetes, ese pequeño universo donde ensayas la vida sin saberlo. Y no tardó en escucharse el golpe plástico contra el suelo.

 Sabía que era tu pelota. Esa enorme esfera rosada que se rehúsa a obedecer tus planes con su rebote impredecible. Imaginé la escena sin verla: tú levantándola con un esfuerzo desproporcionado para tu tamaño, el leve tambaleo del equilibrio, el gesto heroico… y luego el lanzamiento glorioso hacia ninguna parte.

 La pelota rodó hasta mis pies como si trajera un mensaje.

 Llegaste detrás de ella con el rostro encendido, la respiración entrecortada por el frenesí de existir. La tomaste, la elevaste otra vez —tan pequeña tú en tan inmenso tu intento— y la arrojaste en dirección contraria, solo para correr tras ella como si la vida se te fuera en ello.

 Después de un rato de ecos y ruidos conocidos, de choques suaves, de risas apenas pronunciadas, y un poco más de trabajo en detalles que me apartaban de ti, te escuché venir.

 Esta vez tus pasos golpeaban el suelo con un propósito. Cuando volteé a verte estabas frente a mí: con la mirada colmada de urgencia, en tu mano llevabas el motivo, alzada a la altura de mi pecho.

 Entonces me hablaste en el idioma de los adultos ahora que era mi turno de escuchar:

 —Vamos, vamos, papá, vamos.

 No recuerdo haber pensado nada. Solo dejé todo en su sitio —pues el mundo puede esperar— y me levanté tratando de igualar tu entusiasmo.

 —Vamos, mi amor, vamos —te respondí.

 Corriste otra vez, segura de que te seguiría. Pasamos junto al corral, nos detuvimos en el pasillo y sin pausa, te abrazaste de la pelota, la alzaste por encima de tu cabeza con una alegría que no cabía en el cuarto y la lanzaste hacia mí en un estallido de júbilo. Rebotó torpemente, chocó con la mesa, rozó la vitrina, y volvió a detenerse a mis pies.

 La tomé en mis manos y la devolví con muchos cuidados, calculando una trayectoria que terminara justo en tus manos.

 Hay sonrisas que son capaces de iluminar la habitación y estoy seguro de que la tuya en ese momento habría llenado de vida una mansión entera.

 La pelota siguió su camino al fondo del cuarto y apenas diste dos pasos para buscarla, algo te detuvo. Un recuerdo reciente que había resultado como planeaste desde que aprendiste a pedir algo que no habías pedido antes.

 Te giraste con solemnidad, levantaste el brazo y moviste los dedos en ese gesto antiguo que todos los seres humanos entendemos sin haberlo aprendido jamás.

 —Vamos, vamos, papá, vamos.

 Yo no quise demorarte, pues la infancia no sabe esperar, y de inmediato te dije:

 —Vamos, mi amor, vamos… a donde tú desees.

 Porque en ese momento entendí que también se puede amar unas cuantas palabras, que una sola frase te puede abrumar con su significado: que ese es el curso natural de la vida; que podré pensar que soy yo quien te guía, pero eres tú quien a diario me lleva a un maravilloso lugar.

 

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