Ayer me descubrí orgulloso

 

            Ayer me descubrí —todavía más— orgulloso de tenerte. Despertamos solos en casa, en ese silencio melancólico de cuando mamá no está. Nos quedamos un rato en la cama, jugando a abrazarnos y reconocernos las caras. Pero había algo pendiente, algo que habíamos postergado demasiadas veces: tus vacunas del mes.

Nos alistamos juntos al mediodía. Yo con una camisa larga para el sol, tú con ese sombrerito rosado que hace juego con tus calcetas de conejo y su pequeño cascabel. Te tomé en brazos y caminamos dos cuadras bajo el sol de noviembre, que en esta ciudad todavía cae con una fuerza inusual.

Al llegar al hospital nos topamos con el barullo de un centenar de voces, niños inquietos, órdenes y súplicas cansadas. Dudé un momento. Sabía que pronto te daría sueño, que con el fastidio te vuelves áspera e impaciente. Pero era el momento perfecto que habíamos rehuido demasiadas veces, así que decidí sacrificarnos juntos.

            Querías jugar, pues había tantos niños. Querías soltarte de mis brazos y correr conmigo detrás como acostumbramos, pero esta vez no iba mamá. Nadie podía cuidarnos el lugar en la fila en lo que tú y yo nos olvidábamos de las responsabilidades y jugábamos a escondernos uno del otro.

            Intenté mantenerte despierta y ligera: te señalé lámparas, colores, letreros, incluso un extintor rojo que llamó tu atención. Funcionaba a ratos pero pronto querías saltar al suelo otra vez. Nunca habíamos estado tan juntos por tanto tiempo y el cansancio empezaba a llegar.

            Entonces sucedió que, al avanzar una tercera parte del camino, alcanzaste a ver unos carteles más de cerca. Había en ellos algunos colores que llamaban tu atención. Levantaste el brazo, apuntaste con tu dedo índice y, sin más, dijiste: “Ashul”.

            Era un simple aviso de vacunación, más bonito que los demás. “Azul” confirmé y luego hice la pregunta inevitable de cuando empiezas a describir tu mundo: “¿Y ese color cuál es?”. “¡Verde!” gritaste con una sonrisa, buscando en derredor la manera de combatir nuestro hastío compartido.

            Encontramos una hoja con stickers. En ella descubriste uno por uno: rojo, naranja, amarillo, azul, verde. Lo gritaste tan alto que todos buscaban esa voz tan insistente en recitar lo que hasta ayer habías aprendido.

Luego señalaste la puerta del consultorio: “Marón”, dijiste con firmeza inusitada. “Marrón”, repetí y ahí sí reíste orgullosa. Pero no te detuviste ahí. Pronto encontraste una “O”, luego una “U”; celebraste la “A” como si fuera una sorpresa navideña y me lanzaste la “E” en la cara, recordándome el balido de las ovejas. Y entonces llegaste a la “i”, tu favorita, la del puntito por encima. La gritaste larguísima, “iiiiiii”, y las sonrisas alrededor no se hicieron esperar.

Yo ya sentía ese calor que crece desde la espalda y se cuela hasta el pecho como una cosquilla asfixiante. Pero antes de que pudiera entregarme a la emoción, empezaste tu canto aprendido de la tele: “A, E, I, O, U.” Una vez, otra vez y otra más. Y después, como si supieras que tenías un público detrás, recitaste el abecedario. Desde la A hasta la M sin respirar, luego de la O en adelante con esa pronunciación imperfecta que igual dejaba claro que lo sabías por completo. “O, P, Q, R, S, T, U, V…”

            Ya no pude más y me ganó la sonrisa. Los padres en derredor entendían bien lo que sucedía. Estaba orgulloso de ti y aunque me dio un poco de vergüenza, no iba a arruinar tu momento con mi fingida modestia. Te costó tu trabajo, te llenaba de orgullo, pero más que todo, te hacía feliz. Entonces, para calmar un poco al corazón, señalé una hilera de números y te dije: “Uno, dos, tres…” a lo que tú continuaste con “cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, ¡trece!”.

Celebré otro pequeño triunfo a tu lado, te di un beso en la frente, te sostuve fuerte contra mi pecho y seguimos esperando nuestro turno. Supe entonces que, por un momento, en medio de una atestada sala de espera, habías logrado algo hermoso; que por solo seguir tus instintos nos habías regalado a todos una sonrisa, una certeza, una promesa de vida simple y por sobre todo, feliz. Una tarde de padre e hija juntos por la ciudad. Una historia que, apenas nos fuimos de ahí, salió corriendo por las aceras para contárselo todo a mamá.

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