Apenas llegaste
Me asomo a tu cuna para verte respirar. Espero el momento en que tu
pancita se mueva de arriba a abajo y es en el instante en que al fin lo hace
que vuelvo a la vida de saber que estás aquí; que sigues aquí conmigo.
Supongo que es solo un miedo más, uno de padre, no
muy distinto a todos aquellos que siempre tuve desde pequeño; cuando no
quedarme solo, no fallar, no sentir dolor era todo lo que importaba, sin pensar
mucho en el por qué o la manera de enfrentarlos. Luego me convertí en adulto y
aunque creí que todo esto se esfumaba con la edad, había algo en mí que nunca
dejó de ser un niño.
Tengo miedo, sí, a veces mucho, pero es distinto.
Es una sensación casi placentera de saber que ya no importa lo que pueda pasarme,
primero estás tú y después cualquier cosa -por más que duela- que se interponga
en nuestro camino, pues ahora sé que la vida no va a detenerme nunca, de
ninguna manera; no mientras estés aquí.
Esto pasa por mi cabeza cada vez que me asomo hasta
donde estás para verte respirar y luego respiras y llevas tus manos a tu
rostro, bostezas y sueltas un quejido porque te estás estirando con esos ruidos
de papá y tus piernitas tiemblan de placer antes de tomar una enorme bocanada
de aire llena de energía y de todo mi amor y por fin abres los ojos; y aunque
sé que aún no conoces mi rostro, ya sabes quién soy y que estoy ahí para ti y
ya no tengo miedo; si acaso de saber si respiras, de saber si te heredé mis
pesadillas o mi dolor de espalda al dormir, de si te heredé mi necedad o mi
arrogancia para algunas cosas, de que te falte algo porque aunque sienta que te
lo he dado todo, quizá necesitabas más y yo no supe cómo brindártelo... Tengo
miedo de eso pero ya no tengo miedo de la vida, pues ahora sé que nunca debió ser
perfecta, solo bastaba con que me llevara hasta ti.
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