Ayer jugaste conmigo
Ayer jugaste conmigo. Te tenía a un lado cuando vi que te
recostaste sobre el colchón con el dedito de siempre en tu boca. Pensé que
tenías sueño, que te preparabas para dormir con esa mirada ausente de cuando
estás más cansada. Siempre me pregunté en qué cosas piensan los bebés, en qué
podrías estar pensando cuando el brillo de la inteligencia te ilumina la mirada
y sonríes contigo misma porque algo que no tengo idea de qué pudiera ser, pasa
por tu mente. De esas veces en que estás atenta a algo muy propio y por un
momento volteas a verme y sonríes y después de esa pequeña coincidencia que
atesoro, volteas la mirada sin reparos y sigues donde te quedaste porque sin
duda se trata de algo muy importante.
Así nos vimos esta vez. Me regalaste una sonrisa y contenta,
metiste tu carita en el colchón. Te tallaste contra las sábanas y sin voltear
el rostro por completo, me regalaste otra hermosa mirada colmada de travesura.
Entonces empujaste con tus brazos y levantaste la cabeza. Buscabas mi atención
y cuando al fin volteé, te dije unas cuantas palabras de amor y besé tu frente.
Tú apurada me soltaste otra sonrisa maravillosa y devolviste con fuerza la
cabeza hasta el colchón. Como si querernos fuera una noticia tan súbita e
inesperada que solo entonces nos la hubiéramos confesado y no supiéramos qué
hacer con tanta alegría. Ya me volteaba cuando vi que levantabas la cabeza de
nuevo en espera de mi reacción. No tuviste que pedirme dos veces que dejara lo
que estaba haciendo. Volví a decirte cuánto te amaba y cuando me acerqué para
besarte, soltaste una risa y te escondiste de nuevo entre las sábanas. Solo
entonces entendí lo que estaba pasando, te esperé solo por un instante y cuando
divertida asomaste la cabeza de nuevo, ya no me quedaban dudas. Estabas tan
emocionada por lo que ya sabías que iba a suceder que cuando cumplí con mi
parte, escondiste tu carita de nuevo en medio de un grito de felicidad. Yo
volteé con tu madre y, quizá como tú volteabas conmigo, emocionado esperé su
reacción. Juntos te vimos emerger de nuevo por sobre los colchones, feliz de la
vida, con el afán de sorprenderme con un juego que acababas de inventar; aquel
de fingir que las mismas palabras de siempre, las que siempre te digo en medio
de una andanada de besos, te sorprenden y tú cumples con tu parte, como si
nunca las hubieras escuchado antes, con la inocencia de los niños que de vez en
cuando dejan de pensar en cosas importantes para jugar un rato con papá.
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