Estuve tentado a detenerte
Estuve tentado a detenerte. Asomabas tu cabeza al vacío
de después de la cama en perfecto equilibrio, con una pierna en el aire, todo
tu peso sobre el pecho, una mano tomada de las cobijas y la otra estirada hasta
que no daba más. Pendías de un hilo, tratabas de alcanzar algo sobre el buró de
junto, una de varias cosas que un día decidimos que puedes tomar cuando nos
distraemos tanto que lo alcanzas y lo llevas a tu boca sin peligro. Faltaba
poco para llegar y después de un nuevo intento fallido, volteaste tu cabeza hacia
mí sin miedo alguno y lanzaste un grito de felicidad. Teníamos más de media
hora luchando uno con el otro. Yo con mis excesivas precauciones y miedos y tú
en el lado opuesto: ignorante de todo lo que pudiera pasar si acaso calcularas
mal o metieras tus dedos en el contacto o el techo nos cayera encima a todos sin
avisar…
Bien me dijeron que el tiempo pasaba muy rápido. Si apenas
ayer le decía a tu madre que era hora de tener un hijo, que le pidiera, no, que
le avisara a la ginecóloga que ya eran casi dos años de tratamiento y yo ya
estaba muy viejo para esto, que qué de malo pudiera pasar; y ahora me cuesta un
trabajo enorme reconciliar la idea de que sigues siendo un bebé. Los bebés no
opinan, los bebés no tienen cosas favoritas, personas favoritas, no entienden
cuando les dices adiós ni se despiden girando la mano sobre la muñeca, no se
toman su bibi a solas ni buscan su posición favorita en la cama hasta
encontrarla y caer dormidos; no responden a su nombre apenas lo escuchan ni
pasan el día sentados analizando el mundo y ciertamente no se emocionan cuando
te asomas a su cuna y hasta levantan los brazos porque saben que los vas a
llevar a pasear… Se siente como si apenas ayer eras un bebé cuya vida dependía
enteramente de mí y por eso estuve tentado a detenerte, porque sé que un día vas
a estar en mi lugar, con miedo de que la vida pase tan rápido que tus hijos
tengan que tomar decisiones importantes sin la ayuda de alguien que ya no está…
Entonces te tomo en brazos y te doy un beso aunque ya te moleste; aunque ya sea
demasiado apapacho para tu gusto y solo quieras ir a jugar y yo voy detrás de
ti, sin detenerte, recogiendo recuerdos del suelo para amontonarlos junto a mi
cama para esos días en que te extrañe más.
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