Hoy te enseñé una mala palabra
Hoy te enseñé una
mala palabra. Estaba sentado a tu lado cuando frustrado solté un reniego y de
inmediato buscaste mis ojos para preguntarme el significado de esa nueva expresión.
La repetiste tan claro como le dices “gako” al gato o nos dices “nio” cuando te
rehúsas a hacer algo. La dijiste sin dejar de verme, con la curiosidad más pura
de tus ojos redondos de cejas levantadas, y yo no supe qué decir. Cambié la
charla de inmediato y me puse a recitar tus palabras favoritas: “uno”, “mango”,
“coco”, “wau wau”, pero tú no dijiste nada. Luego, sin hacer caso de mis
juegos, te volteaste para seguir analizando el control remoto del televisor.
Sentí que perdía una
oportunidad, que si hubiera dicho cualquier otra cosa, más noble o más dulce,
tú y yo habríamos sido cómplices de nuevo, como aquellos forasteros que entre
la muchedumbre de pueblo se inventaban un diálogo de preguntas y respuestas
planeadas con el afán de vender su nueva pócima para el amor. Cuando más ríes conmigo
porque te aprendiste tu parte y aunque requirió de un enorme esfuerzo, lo hiciste
sin dudarlo porque me hace feliz.
Fue ahí, cuando te
apartaste con la mirada, que entendí cuánto necesitabas mi respuesta. Que así
como yo insisto tanto para hacerte hablar, tú esperas que te enseñe de la vida
siempre que lo necesitas. Porque yo sé todo aquello que tú no sabes, porque yo
siempre estoy ahí para ti, porque quién mejor que papá para enseñarte acerca de
las cosas, de los números, los colores, sabores y palabras nuevas. Entonces soy
yo el que ahora busca tus ojos. Espero me perdones mientras miras el control; y
cuando al fin levantas la mirada y me ofreces tu juguete con un suspiro hondo, sé
que existe un nuevo pacto entre los dos. Ése en el que prometo ser un mejor
ejemplo cada día y aquel donde me perdonas cuando cometo errores como el de
hoy.
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