La niña que comía de todo... uno a la vez

           

Había una vez una hermosa bebita llamada Emma que amaba todo tipo de comida… pero solo una a la vez. Podías darle calabaza, hígado, frijoles, pero si la encontrabas disfrutando de un sabroso mango y te atrevías a darle un trocito de aguacate, inflaba sus mejillas como pez globo, parpadeaba dos veces, y con una puntería perfecta —¡PTOO!— escupía toda la mezcla hasta el suelo como si se tratara de una pócima malvada o algún menjurje acedo.

Mamá y papá aprendieron rápido que no debían de mezclar sabores, así que le daban de comer con paciencia, un sabor a la vez y cuando llegaba el momento de darle el siguiente ingrediente del menú del día, tenían que esperar a que la pequeñita se tragara toda la comida, tomara un poco de agua, y su paladar se “reiniciara” para poder disfrutar de un nuevo bocado.

Hasta que un día sucedió algo extraordinario. Papá, ajetreado por el trabajo y algunas responsabilidades extra, pensó en engañar (con las mejores intenciones) a su pequeñita. Tomó un poco de brócoli, un poco de calabaza, una dulce zanahoria y hasta un cubito de carne previamente cocida, y licuó todo hasta formar una suave papilla verde que olía deliciosa. Tomó una cucharita, la sumergió en la mezcla y lo ofreció a su hijita. Lo que sucedió después jamás lo hubiera imaginado. La niña infló de nuevo sus mejillas, parpadeó dos veces y al instante escupió sobre la mesa una pequeña zanahoria, un herboso brócoli, una impecable calabaza rayada y hasta el cubito de carne.

Papá, sin poder creerlo, llamó a mamá con urgencia y cuando ella llegó, repitió la travesura frente a los ojos curiosos de su hija. Tomó la cuchara, la sumergió en la mezcla y la niña sin dudarlo, abrió la boca tan grande (y tan pequeñita en realidad) cuanto era y probó el bocado. Su papá no aguantaba la emoción y cuando la niña escupió los ingredientes enteros sobre la mesa, su mami sufrió un mareo de alegría y tuvo que sentarse hasta estar segura de no estar soñando.

Desde entonces, bastaba con que un puré tuviera aunque fuera un poquito de sal o pimienta escondida para que Emma la notara al instante, hiciera una pausa, frunciera el ceño… y escupiera los ingredientes cada uno por separado sobre un montoncito limpio y seco. Perfecto. Como si se tratara de una mini científica de la comida.

A los meses ya podía desarmar un sándwich con solo un mordisco: “Jamón… queso… mostaza… pan integral… tomate… ¡guácala!” (escupe), y cuando cumplió un año pudo deconstruir su primer estofado.

Un día, la familia fue a un restaurante italiano que adoraban. Era una noche tranquila y solo un par de parejas más conversaban en la cálida penumbra en derredor. Pidieron piza, ensalada y como siempre, un generoso trozo de lasaña. Emma, como acostumbraba, llevaba su comida en pequeños contenedores individuales para cuando llegara su hora de comer; sin embargo, papá y mamá se descuidaron por un momento, y cuando la comida llegó, Emma logró hacerse de una esquina de la lasaña. Tomó todos sus ingredientes en un puño y muy antojada, se lo llevó a la boca.

Al instante sus mejillas se inflaron, sus ojos parpadearon y entonces, con gran estilo, comenzó a escupir —uno por uno— pasta, ricotta, salsa de tomate, carne molida, ajo, albahaca, aceite de oliva, cebollatodo ordenado en fila sobre el mantel blanco.

El mesero se quedó en silencio y el chef, que en ese momento les daba la bienvenida, tomó el sombrero blanco en sus manos, muy asombrado.

“¡Es un genio culinario!” exclamó y de inmediato fue a llamar al dueño del local.

Después de algunos educados ruegos y favores de antaño, la niña repitió su hazaña frente a sus nuevos espectadores que al verla escupir su cena estallaron en vítores y alabanzas.

El dueño del restaurante se sentó a los padres, viejos conocidos, y les rogó: “¿Puedo contratarla? ¡Con su hija a mi lado podría descifrar cualquier receta que haya soñado! ¡Será invaluable”.   

Mamá y papá se voltearon a ver sin idea de qué pensar o qué decir y después de un rato de pensarlo, llegaron a una solución.

“Está bien, podríamos ayudarle de vez en cuando; pero solo con una condición –dijo mamá-; que parte del dinero extra se use en alimentar a los niños que tanto lo necesitan”.            

El dueño se llevó la mano al corazón y con un respetuoso asentir de cabeza les dijo: “Trato hecho.”          

Desde ese día, Emma se convirtió en la detective de sabores más pequeña del mundo culinario y de vez en cuando la invitaban a probar un nuevo platillo. Daba un mordisco, inflaba sus mejillas, parpadeaba dos veces… y feliz escupía una fila ordenada de ingredientes sobre la mesa.  

El chef y todos sus comensales gritaban al unísono: “¡Magnífico!”

El restaurante se volvió famoso. Mamá y papá comían sin costo alguno, Emma tenía una pequeña cuenta de ahorros para su educación en el banco y como prometieron, parte de las ganancias se iban en preparar comidas para niños sin recursos e incluso una vez al mes reservaban el restaurante entero para que los pequeños se sentaran felices en mesas de hermosos manteles colmados de platos calentitos y un centenar de pancitas llenas.

¿Y qué fue de Emma? Bueno, ella aún se niega a comer dos cosas mezcladas, pero, bocado a bocado, aporta un poquito de su alegría al mundo.

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