La niña que creció una tercera mano

 

            Ayer vi cómo te crecía una tercera mano. Jugábamos a caminar por el cuarto, como solemos hacer si es que te aburres de juegos en la cama, cuando al abrir un cajón de la cómoda de al lado te encontraste con las cosas de mamá. Y ya sabemos cómo nos regaña cuando hacemos travesuras juntos, pero pensamos que nadie se tenía que enterar. Tomaste una tarjeta de crédito y un bloc de Post-its amarillos y, después de cerrar el cajón porque te encanta hacerlo, nos fuimos a dar la vuelta con las manos llenas. Fue cuando volvíamos del fondo del closet que, sobre el sillón donde duerme tu hermana Estrellita, nos encontramos con un llavero de Superman que te encantó. Corriste hacia él sin aviso mientras yo te sujetaba de las ropitas para no dejarte caer, pero al llegar había un problema. En una mano ya llevabas tu tarjeta; esa que tu mamá siempre usa para pagar y que sueñas con usar de la misma manera cuando la imitas y estiras tu mano para que alguien más la tome, si acaso para comprar un poco de aplausos y risas porque eres demasiado pequeña para pensar en gastar; y en la otra llevabas un paquetito de papeles que jamás habías visto antes y por eso no estabas dispuesta a soltar sino hasta haberlo conocido o destruido por completo. Analizabas la situación a detalle. Volteabas a tu mano izquierda y luego a tu mano derecha mientras decidías soltar un tesoro o el otro; lo que sí me quedaba claro era que querías el llavero, tanto como a los demás y entonces, sin que yo me esperara una resolución digna de la inmensa sabiduría del Rey Salomón, tomaste la tarjeta con fuerza, la levantaste a la altura de tu rostro y sin dejar de verla, la pusiste en tu boca. La mordiste con una sonrisa de satisfacción y con la mano que ahora te quedaba libre, feliz tomaste el llavero y sin decir más, te giraste para continuar con nuestro recorrido por la habitación.

            Lo haces de vez en cuando todavía, encantada con tu último descubrimiento te paseas por el cuarto con una tarjeta, con un llavero o con un oso de peluche en la boca, aunque no lleves nada más contigo; y es que nunca se sabe cuándo vamos a necesitar de una mano.

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