Todas las noches
Todas
las noches, cuando la luna se encontraba en lo más alto y las estrellas
parpadeaban en el cielo, una hermosa bebita cerraba los ojos para dormir… y
caía en las garras de las más oscuras pesadillas.
Era
demasiado pequeña para explicar lo que veía pero, fuera lo que fuera, sin duda
la aterraba, por lo que noche tras noche despertaba inconsolable, con las
mejillas empapadas en lágrimas y sus ateridos labios temblando de terror.
Mamá
y papá conocían bien ese dolor pues su padre, desde que tenía memoria, había
vivido con pesadillas cada vez que iba a dormir. Cada vez que cerraba los ojos,
la oscuridad lo encontraba y transformaba sus sueños en todos sus miedos y no
pocas veces pasaron juntos la noche en vela hasta que se esfumaba el malestar.
Por
eso ahora sabían la mejor manera de consolar a su pequeña: la tomaban en
brazos, la abrazaban con fuerza hasta sentir el latido de su corazón y le
cantaban bajito al oído. Luego encendían la tele y ponían sus canciones
favoritas —esas que siempre lograban secar sus lágrimas— y la mecían con
ternura hasta que sus sollozos se apagaban y el sueño volvía a vencerla.
Así
pasaban el tiempo, noche tras noche, mes tras mes, hasta que la niña empezó a
entender un poco más el mundo a su alrededor. Poco a poco escuchaba con más
atención sus palabras, reconocía el tono más suave de su madre o la voz más
honda de papá. Pasaba horas fija en la mirada de sus guardianes y la música ya
no era solo eso, sino que era amor, consuelo y secretos pensados solo para
ella.
Una
noche, después de que otra mala pesadilla le robara el sueño, volvió a
encontrarse en los brazos de su padre. Su pequeño cuerpo temblaba, su carita
hundida en su pecho, su llanto del alma. Después de un rato de paz, él le dio
un beso en la frente, la acostó con cuidado en la cama y, con voz baja y dulce,
le habló:
“Perdóname,
mi amor, pues creo que te heredé mis pesadillas, y daría cualquier cosa por haber
podido evitarlo. Pero escúchame bien: toda mi vida voy a estar aquí para
cuidarte; no importa dónde estés, no importa cuándo, si alguna vez me
necesitas, ahí estaré para ti y cuando llegue el día en que me sea imposible
estar más a tu lado… solo espero haberte heredado algo más. Un pequeño superpoder si así lo quisieras ver.
Verás, desde pequeño siempre tuve la habilidad de saber cuándo estaba soñando. No
importaba si eran pesadillas o no, siempre lo sabía y dentro de mis sueños
podía pensar como si estuviera despierto. Podía planear o decidir o en
ocasiones hasta aburrirme de una noche muy larga sin grandes aventuras. Creo
que les llaman sueños lúcidos y si
eres como yo, sin duda vas a tenerlos. Verás, para mí son un superpoder porque cuando llegan las
pesadillas, puedo darme cuenta de que solo estoy soñando, que sigo dormido, y
eso me tranquiliza e incluso me ayuda a cambiar el final de un amargo sueño; me
lo suaviza, me lo resuelve, me lo hace más feliz; y otras veces, cuando por
alguna razón, mi sueño es bueno, puedo soñar con aquello que más quiero. Así
puedo soñarte a ti, así sueño a tu mami, tus tíos, tu abuela y en ocasiones a
mi papá. Aquel abuelo que nunca conociste y que sin duda te habría amado como a
nadie. A veces, cuando más lo extraño, me basta con solo pensarlo para que
aparezca junto a mí y aunque sé que estoy soñando, se siente tan real como
cuando estaba aquí y se dedicaba a cuidarme. Pensaba que tal vez así también
llegues a conocerlo y quizá sea una manera en que tú y yo estemos juntos por
siempre, pase lo que pase; como una videollamada para dos desde el más allá.
Te
adoro con el alma, mi amor, y solo te pido que nunca olvides que puedes convertir
hasta las peores pesadillas en una divertida anécdota que podrás contar sin
temor a tus seres queridos; todo porque tu papi te dio un superpoder; ese de moldear tus sueños a tu antojo, donde siempre
pueda visitarte cuando me extrañes más”.
Esa
noche la niña no pudo entender todo aquello que escuchaba, pero por un momento,
junto antes de caer dormida, entendió el amor y en ese instante, en lo más
profundo de su pecho, empezó a crecer una semillita de valor, una chispa
diminuta que un día, en medio de la oscuridad de un mal sueño, podría
recordarle: “Es solo un sueño, estoy a salvo, papá me ama y no estoy sola…
jamás estaré sola”.
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