La niña que no podía dejar de caminar

           Había una vez una niña que no sabía caminar. Sus padres se preguntaban en voz baja, con una mezcla de ternura y ansiedad, mientras la miraban sentada en su tapetito de colores, apretando un muñeco o viendo por la ventana cómo pasaban las nubes, si algún día lo haría pues los hijos de sus amigos ya daban pasos vacilantes por los pasillos, chocaban contra sillones, se caían y se levantaban riendo con apenas nueve meses. Pero su hija, ahora que rozaba el año y medio, parecía no tener prisa alguna. No gateaba más de lo necesario. No mostraba interés por sostenerse de los muebles. No parecía querer moverse más allá del espacio tibio donde se encontraba.

—Quizá solo es flojita —decía una tía.

—Quizá es demasiado pensativa —decía la abuela.

—Quizá es una filósofa de pies chiquitos —decía el papá, intentando no preocuparse.

Lo cierto es que Emma miraba, observaba, pasaba horas viendo a mamá cruzar la cocina como si flotara, y a papá ir y venir por el pasillo silbando con las manos en los bolsillos. Los estudiaba con la atención exacta de quien planea una travesura milimétrica. Los adoraba, los quería imitar en todo, pero algo dentro de ella parecía esperar… como si supiera que su momento llegaría en silencio.

Y llegó. En un día cualquiera, sin anuncio, sin testigos más que una sombra de sol colándose por la ventana, la casa entera se detuvo. Fue una pausa mínima, apenas un parpadeo, pero suficiente para que el mundo cambiara por completo: Emma dio su primer paso.

No fue torpe, no fue titubeante, sino que parecía como si ya hubiera caminado mil veces en su mente. Como si hubiera estado ensayando en sueños. Un paso, otro, otro más, y después de eso no se detuvo.

Sus piecitos, suaves como pan recién hecho, se aferraban al suelo con una voluntad descomunal, una urgencia de moverse, de descubrir, de alcanzar todo lo que hasta entonces solo había visto desde abajo.

Al principio, mamá gritó de emoción. Papá se llevó las manos a la cara como si acabara de ver magia. Corrieron por el celular, la grabaron, aplaudieron, se abrazaron, lloraron un poquito, pero Emma no los vio, porque ya había cruzado la sala, el comedor y estaba empujando una silla como si fuera un carrito de carreras invisible.

Ese día, y todos los que siguieron, Emma no volvió a detenerse. No importaba si era hora de vestirla, de bañarla o de comer: siempre encontraba la manera de escabullirse al suelo y echarse a andar. Incluso cuando la sentaban en su sillita con cucharita y babero, ella se retorcía, se impulsaba con los talones, buscando una grieta por donde escapar. Caminar no era un acto, era su idioma.

Y entonces vinieron las madrugadas. Pasitos descalzos cruzando la sala a las tres de la mañana. Sombras diminutas que se deslizaban por el pasillo como fantasmas juguetones e incluso mientras dormía, movía los pies bajo las cobijas como si siguiera andando por caminos secretos que solo ella conocía.

Pronto, caminar no fue suficiente. Emma empezó a explorar. A abrir puertas, a desordenar. Descubría cajones, sacaba ropa que nunca había visto, cazuelas relucientes que hacían música al caer, zanahorias, cebollas, calabacitas: todo lo extraía del refrigerador y lo iba dejando caer, pieza por pieza, a lo largo de su ruta, como si marcara su territorio. La casa entera dejó de tener secretos y los padres, paz.

Detrás de cada puerta, un hallazgo. Bajo cada silla, una pista. En cada rincón, un nuevo destino. Emma caminaba como si el mundo entero la esperara y ella no quisiera hacerlo esperar ni un minuto más.

—¿Y si la llevamos al parque? —propuso mamá una tarde, con ojeras bajo los ojos y una paleta de zanahorias regada a sus pies.

—O a la plaza —sugirió papá, mientras recogía por quinta vez la ropa interior esparcida por el pasillo.

—O a las dos —dijeron al mismo tiempo, mirándose con una mezcla de esperanza y agotamiento.

Y así lo hicieron. Prepararon la pañalera como si se alistaran para una expedición, le pusieron un sombrerito de alas blandas y unas sandalias nuevas con forma de conejito, y salieron a la calle con la niña en brazos, que ya agitaba las piernas como si quisiera comenzar a correr desde el aire. La dejaron en el suelo apenas cruzaron la reja del parque y ella despegó.

Caminó entre los columpios, entre las rodillas de otros niños, entre perros que jugaban con pelotas y entre los globos amarrados a las muñecas de otros bebés. Caminó bordeando los puestos de helado y los triciclos de renta, los heladeros y los vendedores de burbujas. Caminó sin pausa, sin mirar atrás, como si la ciudad fuera suya y la estuviera reconociendo paso a paso.

—¡Cuidado con la fuente!

—¡No te metas ahí, mi amor!

—¡Cuidado con la bicicleta!

Pero nada la detenía. Caminó por la plaza también. Dio vueltas alrededor de la fuente tres, cuatro, cinco veces. Saludó palomas. Persiguió una hoja. Se detuvo solo para agacharse a tocar una piedra y luego siguió y siguió.

Cuando al fin, tras horas de sol y carreras, los padres la alzaron en brazos para volver a casa, Emma dejó caer la cabeza sobre el hombro de mamá… pero sus pies no se rendían. Seguían en el aire, moviéndose con pequeños pasos invisibles, como si su cuerpo aún creyera que seguía caminando por mundos secretos que solo ella podía ver.

—Esto no se le va a pasar —dijo papá, medio en broma, medio resignado.

—¿Y si buscamos otra manera de cansarla? —dijo mamá.

Pero ya sabían ambos que Emma no caminaba para cansarse. Caminaba porque estaba viva.

Entonces, un día, el abuelo tuvo una idea. El mismo que siempre la perseguía por todos lados sin querer alcanzarla en realidad. Su abuelo había sido entrenador de atletismo en sus años dorados y todavía hablaba de zancadas, resistencia y ritmo como si fueran cosas sagradas y Emma caminaba frente a él, dando vueltas alrededor de la mesa, como si intentara abrir un surco en el piso. Su abuelo la observó largo rato, en silencio, con los ojos entrecerrados y entonces dijo, con esa voz dulce que siempre parecía anunciar algo importante:

—Hay que canalizarle la energía… esa niña tiene fuego en las piernas.

Los padres se miraron como si acabaran de oír una profecía.

—¿A qué te refieres, papá? –preguntó su hija.

—Podemos llevarla a una carrera. A una de esas para bebés que apenas dan sus primeros pasos. Sería interesante ver qué pasa.

Y así lo hicieron. Inscribieron a Emma en una competencia local donde pequeños de pañal y mameluco tambaleaban de la línea de salida a la de llegada entre aplausos y carcajadas. Algunos se quedaban a mitad del camino, otros se sentaban a llorar, unos pocos llegaban… y luego estaba ella. Cuando dieron el silbatazo de inicio, no caminó: despegó. Era como si llevara un motor secreto en los talones. Como si el suelo la impulsara. Mientras los demás apenas comprendían el juego, Emma ya iba por la mitad del trayecto, con los bracitos tensos, los ojos brillantes y la boca abierta en una mezcla de risa y concentración absoluta. Cruzó la meta sin mirar atrás. Voló sin alas. Arrasó con la competencia.

El público, primero incrédulo, rompió en aplausos.

—¡¿Cómo se llama?! —preguntó alguien.

—¡¿Cuántos años tiene?! —gritó otro.

—¡Esa niña no camina, vuela!

Con el tiempo vinieron más competencias. Algunas con niños mayores, otras en pueblos vecinos y algunas más, con zapatos nuevos y camiseta con un grande número rojo en la espalda... Y las ganó todas.

No corría rápido, no corría fuerte, pero no se detenía jamás; ni con sol, ni con lluvia, ni con viento. Era como si el mundo entero pudiera pausarse y ella siguiera, avanzando con esa voluntad secreta que nadie le había enseñado, pero que llevaba sembrada desde que nació y pronto, como era inevitable, comenzaron a hablar de ella: La niña que no se cansaba nunca.

Su primer maratón fue un poema con zapatitos. Era la más pequeña de todos y por mucho. La única que aún usaba babero al desayunar. Tenía una camiseta diminuta con un número más grande que su torso y una determinación que nadie supo de dónde sacó. Los demás participantes la miraban con una mezcla de ternura y desconcierto. Algunos se agachaban a saludarla. Otros le ofrecían dulces antes de que empezara la carrera. Pero cuando sonó la señal de salida, ella no sonrió, no saludó, no dudó, simplemente caminó.

Paso a paso, metro tras metro, avanzó como si conociera la ruta de memoria. No era la más veloz, de hecho, fue la última en cruzar la meta, pero no se detuvo ni un segundo: ni para tomar agua, ni para mirar los globos, ni para responder a los gritos de aliento que coreaban desde la orilla:

—¡Vamos, pequeña locomotora!

—¡Es un amor!

—¡No te rindas, campeona!

Y no se rindió. Nunca se rendía. Al llegar, Emma no pidió descanso, no pidió brazos, solo miró a sus padres, con la frente perlada de sudor y una sonrisa tranquila en los labios, como quien sabe que apenas está comenzando.

Entonces llegaron los ultramaratones. Carreras de días enteros, de montañas y desiertos, de barro y amaneceres. Carreras donde muchos caían rendidos al borde del camino, donde otros lloraban de cansancio o dormían bajo árboles para recuperar fuerzas. Pero Emma no, ella seguía adelante. Mientras los adultos dormían, ella caminaba con los ojos medio cerrados, como si sus pies tuvieran su propia conciencia. Cuando los demás se rendían, ella ponía un pie delante del otro, sin prisa, sin pausa, como si no conociera otra manera de estar viva. Porque caminar no era solo moverse, era su idioma, su pensamiento, su forma de existir y poco a poco empezaron a llegar las medallas, las fotos en los periódicos, las entrevistas donde no hablaba, pero caminaba en círculos mientras los reporteros tomaban nota. Algunos decían que era un prodigio, otros, que era un misterio, pero todos coincidían en lo mismo: No había manera de alcanzarla.

Sus padres, al principio, intentaban seguirle el paso tomados de la mano, pero pronto aprendieron que eso no sería suficiente. Tuvieron que buscar estrategias, planes, vehículos. A veces la seguían en bicicleta, otras en moto, algunas veces, en auto y cuando las rutas eran demasiado largas o escarpadas o su fama demasiado grande para caminar entre un tumulto de fans que querían su fotografía con ella, incluso en helicóptero. Desde las alturas, la veían avanzar por senderos de piedra, por playas solitarias, por valles cubiertos de neblina. Pequeñita, inalcanzable, pero siempre feliz. Una criatura hecha en el sudor del camino.

Emma seguía haciendo un desastre en la casa. Aunque ahora tenía medallas colgadas en su pared y trofeos que usaba de vasitos para sus jugos, seguía siendo una tormenta diminuta con piernas veloces. Cada vez que regresaba de una carrera, no corría a descansar: corría a abrir cajones, a vaciar mochilas, a inspeccionar con detalle el contenido del refrigerador, como si el mundo tuviera siempre algo nuevo que ofrecerle y ella no pudiera perder un segundo sin descubrirlo. Los juguetes nunca estaban en su caja, la ropa limpia jamás duraba doblada, las mascotas de la casa vivían escondidas, pero por cada cosa que tiraba, ganaba algo más: Un aplauso, una meta, una nueva palabra para su colección de sonidos felices.

Y de nuevo, al caer la noche, cuando por fin se rendía al sueño y los padres creían que al fin habría silencio… empezaba el otro espectáculo. En su cuna, bajo las cobijas arrugadas y entre peluches caídos, sus piernas seguían moviéndose. Pasitos suaves, casi imperceptibles. Como si siguiera caminando en sueños, como si atravesara una pista invisible en medio de la oscuridad y a veces, sin previo aviso, a medio sueño, alzaba los brazos con gracia dormida, como si acabara de cruzar otra meta imaginaria. Como si alguien, allá en su mundo onírico, le hubiera entregado una nueva medalla invisible que colgaría en su corazón. Sonreía, susurraba algo entre dientes y seguía caminando, dormida, por senderos secretos hechos de luz, de viento, de tierra suave bajo sus pies. Nunca se cansaba de soñar porque en sus sueños también se corrían carreras y ella, como siempre, iba ganando.

Un día, después de muchos triunfos y noches en vela, como quien no quiere nada, su padre propuso un plan improvisado. Había leído que los cambios de ritmo podían ayudar a canalizar la energía de los niños o quizá es que solo buscaba un respiro. Así que la llevó, sin pensarlo demasiado, a una pista de Go Karts. Emma, que hasta entonces solo conocía las banquetas y los parques como territorios de conquista, abrió los ojos como si hubiera llegado a otro planeta: El aire olía a gasolina, a llantas, a frituras y el suelo vibraba bajo el rugido del motor.

Cuando su padre se subió al carrito y la sentó sobre sus piernas, Emma apenas respiraba. El ritmo de los pequeños motores parecía música para sus pies. Las luces, los cascos, el zumbido de las ruedas le daban vértigo... pero un vértigo feliz. Sostuvo el volante con las dos manos mientras el papá aceleraba suavemente y soltó una carcajada tan alta que varios voltearon a verlos.

Dieron un par de vueltas, aplaudieron juntos, gritaron cosas sin sentido y al bajarse, con la cara colorada y el cabello desordenado por el viento, su padre le guiñó un ojo y le dijo:

—Voy por unas papitas. Quédate aquí.

Pero no iba a ser. Emma no podía quedarse quieta. Jamás podía. En cuanto su padre se alejó unos pasos, la niña, movida por esa fuerza interna que ni el sueño podía domar, se acercó de puntitas al Go Kart. Lo observó como quien examina una criatura salvaje. Luego puso un pie, después otro y antes de que nadie pudiera detenerla, ya estaba trepada sobre el asiento.

Nadie sabe cómo lo hizo. Si fue suerte, instinto o pura voluntad, pero logró girar la llave, mover la palanca y acelerar. El carrito chilló y ella también. Salió disparada por la pista como una estrella fugaz de dos años. Los cabellos revueltos, la risa suelta, los bracitos tensos sobre el volante. Dio una vuelta perfecta, sin frenar, sin temblar. Su silueta pequeña pasó frente a las gradas como un relámpago alegre, desafiando todas las leyes de la lógica, del miedo y de la edad.

Cuando por fin se detuvo, alzando una nube de polvo detrás de ella, tenía los ojos llenos de luz como dos soles encendidos. Miró a sus padres —que ya corrían hasta ella con el corazón desbocado—, se quitó un rizo húmedo de la frente con gesto de campeona, y con esa lengua aún torpe que balbuceaba más sonidos que palabras, exclamó:

—¡Eto guta más!

Mamá y papá no dijeron nada. Se quedaron de pie, con las papas fritas olvidadas en el suelo y las manos temblorosas. Se miraron por un segundo, con esa mezcla de amor y resignación que solo conocen los padres de hijos imparables. Sabían, sin necesidad de hablarlo, que otra obsesión acababa de nacer y que esta vez… tenía ruedas.

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