Ayer te escuché cantar
Ayer te
escuché cantar. Era muy noche ya y
nos preparábamos para dormir. Yo hacía cuentas en silencio de cómo
cumplir con todas las pequeñas obligaciones de antes de dejarte en tu cuna, mientras
tú ibas de una idea a otra con esa prisa cansada de cuando lo has dado todo en
la vida por jugar un rato más. Decías cosas que no entendía. Fragmentos. Restos
del día. Como si revisaras, uno por uno, los lugares donde estuviste,
preguntándote si habías disfrutado lo suficiente.
Tomé tu cara entre
mis manos y besé tu frente. Tú no me miraste. Estabas en otra parte. Empecé a
cambiarte de ropa por algo más seco, más tibio, y tú volteabas la mirada,
repitiendo una palabra o un sonido que no lograba atrapar. Entonces levantaste
la mano. Abriste todos los dedos con cuidado, como si también ellos estuvieran
cansados, los observaste con una atención absoluta y sin esfuerzo, casi sin
intención, dijiste:
Papá dedo,
papá dedo, ¿dónde estás?
Aquí estoy,
aquí estoy, ¿cómo te va?
Me sorprendió saber que al fin te entendía. Que de
entre todos los pensamientos y palabras que se arremolinaban en tu pecho en ese
momento, encontraste unas que hacían sentido para mí. Algo que compartíamos. Que
quizá fue intencional. Que construías un puente entre mi mundo y aquel tan tuyo
que nadie más entiende.
Tomaste un poco de aire, todavía sin buscar mis
ojos, y a punto de caer dormida continuaste:
Mamá dedo, mamá dedo, ¿dónde estás?
Aquí estoy, aquí estoy, ¿cómo te va?
Y entonces lo
entendí: Estabas cantando. Reconocí la melodía como se reconoce un antiguo
vecino muy lejos de casa. La había escuchado mil veces, pero nunca así. Para mí
era solo música de fondo, un ruido amable que nos acompaña mientras uno piensa en
cosas de adultos… Pero para ti eran risas, eran colores, eran personajes que ya
forman parte de tu memoria: Isa, Luli, Plim Plim, Koté, Chicky, Tomato… Booba.
Un idioma entero que se despliega cuando nadie está apurado. Ese mundo al que
siempre estuve invitado y al que solo vi desde el umbral de la puerta, hablando
una lengua vieja y aburrida, conocida por todos, mientras tú inventabas la tuya
justo antes de dormir, cuando más te alejas, cuando más dices cosas que no
entendemos porque un día olvidamos cómo dar ese último paso.
Será que ayer
te cansaste de intentarlo. Que sabías que no había otra forma de hacerme creer y
tradujiste una melodía para mí. Que fue cuando ajustaste tus aventuras a las
mías que pude entender… O quizá pasó algo más. Algo breve y mágico. Será que me
invitaste a pasar y en un descuido te dije que sí y solo entonces tu idioma
tuvo sentido para mí; al fin pude distinguir lo que decías en esa lengua que canturreas
al borde del sueño y solo se revela a quien besa tu frente porque te ama y se
queda quieto a tu lado, lo suficiente para por fin escuchar.
Comentarios
Publicar un comentario