Ayer te vi llevarte una moto...
Ayer te vi
llevarte una moto que no era tuya. No recuerdo cuándo aprendiste a encontrarlas
entre las cosas. Tal vez siempre supiste. Bastaba el rumor lejano de un motor o
una silueta detenida en cualquier esquina para que tu cuerpo reaccionara antes
que las palabras. Levantabas el brazo, apuntabas a medias, y con una certeza
que no admitía réplica me decías: moto.
Tu madre y yo
ya lo habíamos pensado. Una moto de juguete, claro. De plástico, de esas que rechinan
como grava al rodar sobre piso de mármol. Sabíamos bien que te iba a gustar como se
saben las cosas importantes, sin necesidad de apurarlas. Pero el día no había
llegado. Aún recorrías la casa en tu auto rosa descapotable y eso parecía
suficiente.
Luego
conociste a tus tías, tus tíos; Marisol, Tamara, Mitzi, Jorge y Eduardo.
Llegaste a ellos como llegas siempre: con un poco cuidado, con esa timidez que
te protege del exceso del mundo. Y es que sé que la atención súbita te pesa,
que en ocasiones te hace llorar; pero ellos te trataron como a una princesa y
yo solo les pedí paciencia, sabiendo que bastaban unos minutos para revelar tu
verdadera forma: ese amor tranquilo que aparece cuando el rubor se ha ido.
Comiste pastel
y pronto volviste a ser tú. El árbol de Navidad resplandecía en una esquina,
las figuras del nacimiento pedían ser lanzadas a través del pasillo y nosotros,
con mimos y súplicas, tratábamos de contenerte. Te aburrías. Querías treparte,
explorar, tocarlo todo; querías jugar.
Fue entonces que
tu tío Jorge desapareció un momento y regresó con algo entre las manos. No hubo
muchas explicaciones. No hacían falta. Tú la reconociste como a diario
descubres de nuevo a tus cosas favoritas. Bajaste la voz, casi avergonzada de
desear tanto sin saber cómo pedirlo. Levantaste el dedo y me hablaste al oído:
moto.
La pusieron en
el suelo. Pediste permiso con la mirada. Esa pausa tuya tan llena de respeto
que tanto me encanta. Tocaste una llanta con el dedo, luego el manubrio, y
convencida dijiste: moto. Solté una sonrisa y asentí, maravillado con tu
descubrimiento.
Nos turnamos
para cuidarte, para imaginar contigo una ciudad entera bajo tus ruedas; pero no era fácil. Te faltaba equilibrio. No era como el auto al que te podías trepar y
esperar que alguien más hiciera todo el trabajo. Pero era una moto y con eso
bastaba. Era lo que habías soñado desde que las escuchaste bramar por primera
vez.
Al irnos,
entre besos y despedidas, Mitzi dijo lo impensable: llévensela. Tus padres
dudaron, pero tú no. Para ti ya era tuya desde el primer segundo, como todo lo
que amas. Aceptamos el regalo con la gratitud torpe de quien no esperaba nada y
dijimos adiós con tus besos en el aire.
Ahora la moto
vive en nuestra casa y cuando vuelvo del trabajo me recibes con esa alegría que
siempre me pregunta si quiero jugar. Caminamos juntos hasta la sala y, como si
nunca hubiera sucedido antes, como si todo fuera sorpresa de nuevo, levantas el
dedo, señalas con firmeza y me dices: moto, y en el brillo quieto de tus ojos
entiendo, una vez más, el propósito secreto del amor: encontrarte a diario con
aquello que amas y poder vivirlo como si fuera la primera vez.
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