Ayer te vi tomar tu primera foto

 

Ayer te vi tomar tu primera foto. Ya era de noche cuando fuimos a ver a tu tía Odalis. Una visita corta, de esas que uno insiste en hacer aunque el cuerpo pide rendirse. Tú estabas cansada. Lo sé porque el mundo se vuelve blando, el sueño se vuelve una promesa urgente y entregarías tu reino por una botella enorme de leche . Aun así, fuimos. Queríamos cenar juntos como siempre hicimos desde pequeños.

Cuando llegamos, ella todavía estaba ocupada. Un trabajador le deseaba buenas noches y se iba sin decir mucho, como si hubiera pasado algo pequeño, nada en especial para documentar.

Dentro, tu tía nos explicó que puso un interruptor nuevo, la famosa pastilla. Me mostró el cambio con esa mezcla de alivio y orgullo doméstico que da resolver algo concreto. Luego tomó la pieza vieja entre sus dedos y la puso entre tus manos. Quería distraerte mientras tu madre te cambiaba el pañal. Quería hacerte sonreír, como suele hacer cuando baila contigo o te canta tus canciones favoritas.

Tú estabas un poco molesta, casi vencida por el cansancio, pero algo en ese objeto captó tu atención. Sostuviste su peso en vilo. Lo analizaste con la mirada. Lo giraste despacio, como si el mundo se hubiera reducido a ese rectángulo oscuro y silencioso. Durante unos segundos no existió nada más y entonces sucedió algo que no pude imaginar: Levantaste el aparato hacia tu rostro, lo colocaste frente a tus ojos y dijiste, convencida:

—¡Foto!

En ese instante lo entendimos. Estabas imitando a papá. Me habías visto tantas veces detrás de ti, persiguiéndote con algo muy parecido entre las manos: negro, grande, rectangular, lleno letras y palancas y mecanismos extraños. No podía tratarse de algo más.

Reímos con cuidado. Sabemos que no te gustan las burlas y que a veces las sientes aunque no lo sean. Te vimos tomar otra foto y luego otra más. Caminaste por la casa con tu nuevo juguete, diciendo “foto” cada vez que algo llamaba tu atención.

Te pedimos una foto de tu primo Yahel. Fuiste decidida hasta su habitación y disparaste varias veces, sin chistar. “Foto”, decías, y luego buscabas alrededor, como si el mundo entero fuera de pronto un catálogo de cosas importantes.

Y al verte no pude evitar imaginar el futuro. Tu primera cámara de verdad. Nuestra primera aventura juntos en algún paisaje inolvidable. Yo tomándote fotos a ti y tú tomando fotos del mundo que te mueres por conocer.

Pensé en el día en que sea yo el que esté viejo y seas tú quien me pida quedarme quieto un momento, quien me mire con paciencia antes de guardarte mi imagen para siempre. Quizá te enamores también del video. Quizá filmes a la familia, a tus amigos, quizá hagas un corto y no me sorprenda cuando un día me digas que quieres estudiar cine.

Pero pronto me detengo. Falta mucho para eso y quizá nada suceda como ahora lo imagino. Y eso también está bien. Eso es lo hermoso de todo.

Porque noches como la de ayer bastan. Cuando un simple interruptor se volvió, para mi sorpresa, en una cámara. Cuando tu juego fue mi más grande elogio. Cuando hubo, quizá, un poco de admiración o respeto o apenas una chispa que se enciende en tu interior y tal vez, algún día, unas ganas inmensas de mirar el mundo a través de un lente y vivir una vida entera enamorada de una pasión como la de tu padre… y todo por una caja negra y cuadrada que por un momento no supiste explicar. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Emma y el temible sacamocos

Emma y el imán de los deseos

Emma y el número innombrable